Al pensar en el fenómeno migratorio, podemos hacer memoria de cómo el pueblo mexica fundó su identidad en pleno movimiento. Luego de su salida de Aztlan o Chicomoztoc (que se traduce como Lugar de las Siete Cuevas, sitio mítico clave que ha sido considerado el origen de diversos pueblos nahuas), los caminantes rompieron los vínculos con su altepetl (término que designa una entidad político-territorial), constituyéndose como un nuevo grupo que dirigiría sus pasos hacia la Cuenca de México (según otras teorías, que regresaría al mismo punto de su partida). Un ejemplo como tal puede hacernos pensar que cierto tipo de desplazamientos supone la creación de condiciones para que variadas formas de persistencia se realicen mediante la transformación.

Sin embargo, los actos de desplazamiento —que van mucho más allá del mero trazo de una línea entre dos puntos—, pueden ocurrir también como contrarios a todo deseo cuando se quebrantan los vínculos con los que se configuran redes cotidianas, o cuando, de manera violenta, se obliga a los pueblos a renunciar a las coordenadas con las cuales se vincula el sentido de su mundo. Cada éxodo que sucede de manera obligada, cada robo de territorio o violación de los límites fronterizos implica el desarraigo de los cuerpos y de las memorias que los hacen existir.

La historia misma de toda Latinoamérica es la del desplazamiento. El dominio del territorio y de sus habitantes por parte de potencias europeas prefigura ya, de forma lamentable, una constante en el quebrantamiento de geografías conceptuales como herramienta para la acumulación y el control de las ideas de un mundo sobre otro. Saberes destruidos, lenguas desfiguradas o desaparecidas, despojo. El desarraigo está hecho de tales movimientos provocados por un terror al que; sin embargo, se le pueden oponer mil resistencias. Si las categorizaciones hegemónicas imponen órdenes conceptuales, leer las circunstancias en las que aquellas coacciones operan implica, a su vez, imaginar su renombramiento para la disidencia. ¿Dices sociedad civil? Digo pueblo. ¿Dices romance? Digo amor loco. ¿Dices resiliencia? Digo resistencia. Contrarrestar tiene como fin un arraigo, cuyo principio es el de la traslación, el del movimiento como rescate de la soberanía.

Los recientes acontecimientos en nuestra región nos recuerdan que la soberanía no es una abstracción, es una disputa permanente. El secuestro de Nicolás Maduro como jefe de Estado y la intervención extranjera en los procesos políticos de una nación ponen sobre la mesa el derecho de los pueblos a su libre autodeterminación. Entonces, el desplazamiento no es sólo territorial, también es simbólico, institucional y narrativo. Es violento. En Quiote consideramos que defender la soberanía no es defender a gobiernos, sino a la posibilidad de que los pueblos decidan su propio porvenir.

Este número, que ha sido pensado, justamente, desde distintos modos de asumir el desplazamiento, lo arrancamos con un texto de Adriana Cano, quien explora cómo el consumismo desplaza el deseo, haciendo de las relaciones y los objetos mercancías obsolescentes que nos mantienen insatisfechos en la búsqueda de una plenitud que se encuentra constantemente en preventa.

Continuamos con tres poemas de Mario Ortega, de su libro El oráculo de la pantalla, que arremeten contra los evangelios de bolsillo de las nuevas tecnopolíticas. En ellos se denuncia la mercadotecnia del yo y los retruécanos artísticos subordinados a las lógicas de la mercadotecnia.

Por su parte, Julián Espinoza Leyva, en su texto «México en la encrucijada: revolución sin fusiles» propone una actualización del software societal mexicano mediante el desarrollo de narrativas propias. Desde el Nixon Shock hasta las guerras cognitivas, nos muestra cómo el control de los relatos determina la soberanía.

Para continuar con la historia de la política nacional, en su sección #ShowBlitzkrieg, César Cortés Vega cuestiona el proyecto vasconcelista y la alfabetización como instrumento de dominación. Analiza cómo la educación despojó saberes originarios en nombre del progreso, instalando una división cognitiva del trabajo que hoy explica la crisis de lectura y el capitalismo cognitivo que nos enajena.

El número avanza con un texto de Miguel Torres, en su entrega para la sección Calaveras & Diablitos, en esta ocasión, dedicada a la historia del anticristo desde Nerón hasta Trump. Con tal premisa analiza cómo salvadores, falsos profetas y anticristos han marcado la historia humana, recordándonos que el discernimiento crítico es tan necesario hoy como en tiempos antiguos para identificar quién promete redención y quién explota la fe para su propios intereses.

En el siguiente texto titulado «El Bronx de los años 70 como lucha social y referente semiótico del hip hop», André Galán aborda asuntos como el llamado redlining o la zonificación barrial segregadora, que orilló a las pandillas a generar una cultura propia basada en el abandono estructural y la violencia urbana como una respuesta que transformó el dolor en expresión, resistencia y memoria.

Pavel Ferrer continúa con un examen sobre cómo el desplazamiento sustituye el diálogo en el arte público. Desde monumentos derribados hasta antimonumentos, revisa operaciones artísticas que cuestionan el pedestal, el emplazamiento y el monolito, proponiendo prácticas que partan de la escucha y construyan espacios sin jerarquías verticales.

La obra de Nuria Cano Erazo, quien traduce las afecciones mentales en una plástica que va de lo colectivo a lo orgánico, es presentada por Denisse Vega Farfán. Entre muros, retratos y vísceras, se describe cómo la artista amplifica una coralidad sumergida, honrando memorias y cuerpos que resisten desde «altares» realizados con luces cálidas.

En el penúltimo texto Pavel Navarro Valdez reflexiona sobre el Museo Nacional de las Intervenciones como espacio de resistencia incómoda. Este recinto, nacido del proyecto de García Cantú, sostiene un discurso antiimperialista que ha provocado tensiones con autoridades, embajadas y narrativas oficiales, siendo a la vez museo y campo de batalla.

Para cerrar este número presentamos una narración de Gabriel Cruz Zamudio en la que evidencia el horror que infunde un nahual en Totolchán, pueblo fantasma donde Don Carmelo oculta a su hija. Cuando dos sicarios invaden su refugio, la transformación de la Escuincla en criatura vengadora desata una violencia ancestral que devora a quienes desplazan, violan y matan sin consecuencia.