«Bueno, yo soy de Pahuata, aunque voy mucho a Huitzilán, allá vendo mi cosecha y pan que hace mi mamá con mi tía. Es que acá es chiquito, somos rete pocos, ni se vende. Huitzilán es grande, hay mercado y la gente compra. Y los fines de semana hay mucho fuereño, ellos compran el pan… Sí, pus pasamos por ahí, pero ni nos detenemos. No vive nadie, sólo el viejo ese, el brujo, como le dice mi mamá, aunque mi agüela le dice el aparecido. Es que Totolchán es un pueblo chiquito chiquito, más que el mío, pero nomás vive él. Nadie más. No, nadie más… Pero paso por ahí cuando voy a Huitzi, cuando llevo mi cosecha y el pan que hace mi mamá… y mi tía.»

 —¡Ese hijo de su putísima madre! Vas a ver, vas a ver cómo me lo voy a chingar. Pinche hocicón, hijo de su puta madre. El patrón no se la va a perdonar. Nos vendió el hijo de la chingada. Nos vendió como puercos.

Bueno, no nos vendió, más bien el cabrón hizo su chamba, ¿no, güey? Digo, es un capitán y nos putió. Es su chamba, ¿no?

—Estás bien pendejo, de verdad. Ese hijo de la chingada está pagado por el patrón, pendejo. Su chamba era cuidarnos. El culero nos traicionó, y tú y yo apenas escapamos. No como los demás. Como tu hermano, pendejo. Como mi cuñado y el Grillo, el pinche Grillo que era tan chingón y siempre nos sacaba de cualquier pedo. Pero ahora, de este no pudo sacarnos. No sé ni cómo lo logramos.

Bueno, ya sé, ya sé que ese güey nos debía tirar paro, pero también creo que en cualquier momento esto iba a pasar. Esos cabrones nomás miran de la derecha a la izquierda, a ver pa dónde jalan cuando les conviene. Porque, pa mí, van por el patrón.

No digas mamadas, cuál van por el patrón. Ese cabrón es más cabrón que todos esos cabrones.

Puede ser, puede ser. Güey, mejor sigamos yendo pa arriba, que si nos agarran, nos van a dar toques en los  huevos, arrancarlos, meterlos en la boca, cortar la lengua, cortar los brazos, las piernas y la cabeza, mientras seguimos vivos y después, van a bailar sobre nuestros pedazos, tomar fotos y poner en el blog, pa decir nomás que nos partieron la madre y que van por todos.

—Vete a la verga, a  mí no me van a agarrar, a mí no me hacen nada. A mí me la pelan. Los voy a agarrar como a esos pendejitos del camión, pinches putitos. Cómo lloraban cuando los bajamos: «No me maten, no me maten». Pinches puñetitas. Por eso les arranqué la cara a los hijos de la chingada, por maricas. Pa que gritaran como viejas los hijos de la chingada. Si los militares hijos de la chingada del capitán se me acercan, así les voy a hacer.

s leña, más leña. Ya apá, no me des con el cinto, apá, ya no me des con el cinto. Más leña pa la lumbre. Hace frío y necesitamos más leña. Ay, no veo más palos sueltos. Mi apá me va a pegar con el cinto. Ahí, ahí hay más, más leña. Esto me pasa por hacer lo que hago. ¿Pero cómo no lo hago? Si no se ni qué pienso cuando me pasa. Si nomás me retuerzo en la tierra, junto a la estufa. Nomás siento cómo me hierve el cuerpo y se me hincha todo y siento como hormigas en la piel. Ay, mi papá se va a enojar si me vuelve a pasar. Si yo no quería, no quería ser así, ser eso. Ni quería hacer lo que hice. No, no quería. Pero es que el hambre que da cuando me pongo así. Es mucha. Si lotra vez, cómo me puse. Me salí corriendo. Nomás me acuerdo cómo veía el camino, como si fuera de agua, como si todo fuera un río y yo un pececito que iba nadando, bien rápido y olía todo y lo olí a él. Olía tan bien. Pero no quería, yo no quería.

«Pus aquí hacemos de todo. Mi papá le hace a la siembra. En sus tierras tiene maíz, espinacas, calabacitas y esas cosas. A veces siembra café, pero se lo pagan bien barato y no conviene. Yo trabajo en Huitzi, en una tienda de zapatos. Mi hermana se acaba de embarazar y mi mamá le dijo que debe quedarse en casa. Tiene catorce y yo creo que se va a tener que casar, pero no sé, el papá es su maestro de la secundaria. Igual y le responde. Yo creo que ella se puede poner a trabajar igual, en el pueblo, de algo. Ella dice que su maestro se la quiere llevar pal gabacho, pero no sé. Se me hace que él se va a ir, que no le va a responder. Pero igual y sí. Es que no está fácil. A mi papá lo regresaron del otro lado, después de dos años de irse.»

—Güey, ya tengo un chingo de hambre, no mames. Vamos a agarrar un puto conejo o algo. O vamos a cualquier pueblito, vamos a Pahuata. Por aquí hay un chingo de casitas, todas desperdigadas. Nos robamos algún animal. O robamos una tienda.

—¿Estás pendejo o qué? ¿Sabes cuantos nos andarán buscando? Si regresamos a los caminos nos van a meter balas por la cola. ¿Y pa qué chingados quieres un conejo? ¿Quién lo va a cocinar? ¿Tú? ¡No mames!

—¡Oh, chingao! Pus yo decía. Es que me crujen las tripas.

Pus te aguantas, cabrón, como si te fueras a morir por eso.

—Güey, mira, unas casas. Todas sin luz. Se ven todas vacías.

Vamos, a ver si nos podemos quedar ahí la noche. Ya está re oscuro.

—Güey, hay una lucecita en esa casa.

—¡A ver!… Ah, sí. Vente, cállate. Se me hace que sí cenamos.

«¡Híjoles!, Totolchán sí me da harto miedo, la verdad. Es que dicen que antes sí había gente, no mucha, pero que un animal los fue matando a todos, de a poco a poco. Dicen que era como un demonio, pero hay quienes dicen que era un nahual que estaba vengando algo malo que había hecho la gente de ahí. Los de una universidad, que vinieron hace mucho, dijieron, quesque la gente se había ido pal otro lado. Pa Estados Unidos, no pal cielo, pues. Pero quién sabe, yo no sé. Nunca he visto nada, aunque mi papá dice que no me acerque allá.»

Don Carmelo y su hija, a quien sólo le dice «Escuincla», viven ahí desde hace quince años, poco después de que ella naciera y Lupe, su esposa y madre de la niña, desapareciera. El Espectro, que es como le dicen los de Pahuata, el pueblo cercano, vive en Totolchán, un pueblo deshabitado desde hace mucho tiempo, un pueblo fantasma, como le dicen por allá. Tan es así, que la  gente piensa que este señor es como un fantasma, eso, un espectro. La hija, en realidad ni la topan, nadie la ha visto jamás y si sí se han encontrado con ella, seguramente han pensado que es alguno de los espíritus que rondan en el bosque de la montaña. Ella, ante los ojos de cualquier persona, por el hecho de que su padre la ha ocultado, es invisible para el mundo.

La puerta se abrió de repente, Don Carmelo no esperaba a nadie, ni esa noche ni nunca.

Buenas noches, buenas, buenas. El Tucán (le pusieron así porque es muy fan de los Tucanes de Tijuana), suele mostrarse muy seguro de sus movimientos y así es como entró a la choza donde viven Don Carmelo y su hija, moviéndose como un bailarín entrando a escena y hablando sólo él, para dejar claro quién estaba a cargo.

—¿Quiénes son? ¡Sáquensen de aquí! ¡Váyansen!

—Oh, jefe, no se me alebreste. Nomás venimos a ver si nos aliviana con un taquito. Es que andábamos por aquí, por el rumbo, y nos dio rete harta hambre.

No tengo nada para ustedes. Váyanse, no hay nada que puedan llevarse, nada qué comer.

Ay, señor, pero qué poco amable, si parece que su mamá no le enseñó modales. Siempre hay que ofrecerle al extraño un vasito con agua, un taquito en la mano. Además, mire, veo que tiene con qué darnos de cenar.

La piel de Don Carmelo se erizó, pasó lo que siempre había querido evitar. Vio las miradas del Tucán y del Patricio (Estrella) puestas fijamente en su hija. Ella estaba asomada en la puerta de una habitación de la pequeña choza. Aunque las luces estaban apagadas. En realidad no había luz eléctrica, el cuartito estaba iluminado con un par de lámparas de aceite y la pequeña y delgada silueta de la Escuincla se dejaba ver entre la penumbra, apenas cubierta con un viejo vestido de manta, muy rasgado y muy sucio.

—Sí, aquí sí nos atienden bien, mi don. Mire nomás el plato principal.

En una explosión de coraje, horror y miedo, el padre se lanzó contra el Tucán, quien lo recibió con un fuerte puñetazo en plena cara, justo en medio de ella, en plena nariz. Casi de inmediato su cerebro se fue a suspensión, no sin permitirle que sintiera por lo menos por un breve momento una mezcla entre dolor y ardor, muy fuerte. Cayó al suelo y se golpeó la cabeza contra el piso de tierra. Ahí quedó inmóvil, tendido.

Ahí aguanteme, don, orita nos ocupamos de usted.

El Tucán siempre fue bueno con el sarcasmo, lo sabía y lo disfrutaba. También sabía que el Patricio no era muy brillante y en su personalidad rupestre, solía obedecer, por no tener nunca mejores ideas que el resto de las personas. Mejor operar, que planear. —Órale, pinche Patricio, amárralo con algo, pa que no nos esté chingando.Mientras decía esto, se abalanzó sobre la Escuincla, quien permanecía inmóvil, atónita, no sabía ni qué hacer y por eso el Tucán pudo tomarla de un brazo, sin ninguna dificultad.

«Pus por allá, o sea, pasando ese cerro. Es que vamos allá a recoger yemitas y nacazcolotes… hongos, son los hongos de la temporada y crecen por allá. Bueno, el chiste es que vamos para allá a recogerlos. Y pus andábamos por allá cuando vimos que la hierba estaba llena de sangre y adelantito había unas cabezas y pedazos de cuerpos y ropa. Que nos regresamos en chinga, bien asustadas, ya sin hongos y gritando. Pus ya mi mamá le llamó a la poli y vinieron y nos interrogaron y nos dijieron que nosotras les habíamos hecho eso a esa gente y yo les dije “¿pero cómo?, si somos dos mujeres y bien chaparras, porque mire nomás nuestro tamaño. Si a usted apenas le llego al hombro.” Y así estaba chingue y chingue uno de los polis, hasta que llegó otro y le dijo: “Ya déjalas en paz, dice el perito que fue un animal. Sí son los que buscábamos”. Y ya, nos soltaron, pero que necios son, eso sí.»

Ella se fue al fondo de la casita donde la llevaron. No era en la que vivía con su papá, sino una de al lado. Ahí no había lámparas de aceite, dentro sólo se iluminaba con la luz de la Luna, que apenas entraba. Pegada a la pared, la Escuincla veía la puerta, donde las siluetas de dos hombres corpulentos, como marranos de concurso, se aproximaban a ella. Semejantes porcinos sólo alcanzaban a ver la silueta de la morrita, aunque poco a poco, al acostumbrarse cada vez más a la ausencia de luz, su rostro asustado se dejaba ver cada vez más y más. En algún momento, cuando casi la alcanzaban a tocar, su rostro ya se veía con claridad. Hasta parecía que la Luna la iluminara directamente, o, más bien, que de su propia cara emanaba luz. Ellos se dieron cuenta de esto, era imposible que tanta nitidez fuera posible y que la iridiscencia no parara de aumentar, tanto así, que ellos se veían así mismos. Era una luz blanca, lechosa, y el rostro de la muchachita, que al inicio se veía lleno de pavor, ahora parecía lleno de rabia. Su piel tersa comenzaba a llenarse de líneas de expresión duras y profundas; los ojos negros y pequeños aumentaban su tamaño, hasta ocupar una enorme parte de su rostro, que había dejado de ser el de una adolescente y se había convertido en el de un animal rabioso. La figura que se encontraba agazapada en el suelo se irguió y su tamaño superaba en mucho a los sicarios que tenía frente a ella. Este par, al ver a este ser enorme levantarse, se paralizó y enmudeció. El Tucán, que llevaba un pantalón caqui, lo mojó en la entrepierna, mientras el Patricio sentía que las piernas se le partían en dos. En este punto, ya no podemos hablar de la Escuincla, lo que se presentaba ahí, ante los matones, ya no era ella, era otra cosa. Es que ni siquiera era un animal salvaje. Era un ser que anatómicamente  sólo se podía explicar a partir de historias muy viejas, que han sido narradas de boca en boca, desde hace tantos años que no se pueden rastrear. El brazo derecho de este ser, que era muy largo y estaba lleno de músculos que no se describen en ningún libro de anatomía, se alzó, y la enorme mano, con garras gigantes, se abrió lo más que pudo, para, con una velocidad de pelotero cubano, dejarse caer sobre la cabeza del Patricio, quien ni siquiera vio el momento del zarpazo. Su cabeza salió volando hasta la entrada de la habitación, y el cuerpo, que de por sí le costaba sostener, se desplomó sobre el piso de tierra. El Tucán, al sentir el viento del latigazo del brazo de aquel ser, despertó de su letargo, se hizo hacia atrás y salió huyendo, mientras aquel monstruo levantaba el cuerpo descabezado de su compa. El antes cazador, ahora presa, salió de la choza a toda velocidad, gritando agudamente y repasando el padrenuestro en su cabeza. Salió del pequeño pueblo fantasma, pasando por la casa de Don Carmelo, apenas viendo de reojo la luz de las lámparas. Sin darse cuenta, dejó el camino principal y se metió al bosque por una vereda. El camino, que iniciaba más o menos amplio, se iba haciendo cada vez más estrecho, mientras las ramas de los árboles le arañaban la cara constantemente, hasta que finalmente no pudo más. El camino se cerró por completo, o al menos eso parecía con la poca luz que la Luna enviaba sobre aquella espesura de hojas. Se detuvo al estrellarse contra un cúmulo de ramas espinosas y cayó hacia atrás. Con agilidad, se giró sobre su eje, para ver si el ser aquel lo seguía aún. No vio nada, no escuchó nada, no se oían grillos, ni sapos, ni cigarras. No parecía que lo hubiera seguido hasta ahí. Sintió un poco de alivio y muchas ganas de llorar, jamás se había sentido tan asustado en su vida, ni cuando lo sacaron de su casa a los trece años, para meterlo en la filas del cártel o cuando lo hicieron matar a su padre de un tiro en la cabeza, porque si no lo hacía él, ellos lo harían, cortándole la cabeza, vivo, frente a sus ojos. Esta vez, todo el horror que había vivido antes de los quince se sumó, se mezcló como un licuado y se lo tuvo que tragar todo. Y eso hizo que las lágrimas salieran por sus ojos, los sollozos por su boca, y de la misma manera que de él emanaba todo esto, el bosque escupió a aquella criatura gigante, irradiando esa luz blanca que le quemaba los ojos. Se lanzó hacia atrás, chocando de nuevo con las ramas espesas que ya lo habían detenido antes, como la pared de un patíbulo. Intentó cruzarlas, romper con las manos aquel enmarañado, meter la cabeza como una rata que trata de colarse por una alcantarilla, pero todo era inútil. Las ramas eran muy fibrosas y flexibles como para ser rotas así y demasiado espeso el tejido como para abrirlas lo suficiente y pasar entre ellas. El Tucán sabía que no había nada que hacer y aun así lo seguía intentando, como las personas a las que él mismo mutiló y desolló, mientras escuchaba sus gritos.

El cuerpo, que cada vez sentía más pesado, de pronto cobró una extraña agilidad y pudo subir por las ramas, con mayor ligereza, hasta que, al voltear hacia abajo, se dio cuenta de que sus piernas no estaban; sólo era su torso el que se impulsaba hacia arriba con la fuerza de los brazos, fuerza que de la nada se desvaneció y lo dejó caer a un lado de sus piernas, unidas por la cadera. Fue hasta ese momento que sintió un dolor como nunca; lo había arrancado de su familia y ahora de la mitad de su cuerpo. Siempre fue y será alguien incompleto y lleno de dolor, hasta la tumba. Sus ojos voltearon hacia arriba, y vieron la Luna en lo alto del cielo, emanando una luz poderosa, y entonces la Luna mostró sus enormes y afilados dientes, le gruñó, y le lanzó una mordida que le arrancó la cabeza.