JULIÁN ESPINOZA LEYVA | 

Imágenes de Flor Fierro y Danila Ilabaca | 

Imaginemos, por un momento, que somos ingenieros de sistemas y que sabemos de computadoras. Pero en lugar de lidiar con códigos y servidores, nuestro proyecto más ambicioso es el software intangible que ejecuta una nación: su cultura, sus narrativas compartidas, sus sueños colectivos, y que tiene que lidiar con sus traumas y pesadillas históricas. En cierto modo, lidiar de sí para sí y a pesar de la injerencia, con su capital cultural.

Hoy tenemos otro café con piquete, con un objetivo serio: definir el proyecto de una revolución que no se mide en balas, sino en bits de conciencia. Una revolución como update, un upgrade, una actualización, que sería integral y estratégica de algo que podemos entender como nuestro sistema operativo societal.

Cuando digo «revolución», por favor, borren de su mente las imágenes de fusiles y barricadas. Pensemos, en cambio, en un proceso de re-evolución consciente. Un plan maestro que debe suceder desde varios ángulos de forma simultánea y coordinada. Utópicamente. Hacia una mente colectiva, aunque de modo realista. Hablamos de establecer series de pasos y rutas, que nos deben llevar de un estado de cosas hacia otro radicalmente mejor.

Es el tránsito que va desde un software obsoleto, lleno de bugs y vulnerabilidades, a uno optimizado capaz de procesar soberanía, justicia, estabilidad y el florecimiento humano. Éste es el núcleo de cualquier proyecto civilizatorio que se respete y porque aquí hablamos de cosas serias, por tanto, como todo proyecto utópico que se respete, debemos comenzar con una dosis de realidad.

Admitámoslo con la humildad de quien da el primer paso en un grupo de apoyo: nuestras sociedades, la mexicana incluida, como muchas otras, no son precisamente modelos de madurez. Estamos plagados de contradicciones, fallas de diseño y malware histórico. Reconocer esto no es un acto de derrota; es el diagnóstico esencial para plantear cualquier solución. Es el «Hola, me llamo México y tengo un problema» que precede a la recuperación. Así que, con cafecito en mano, les lanzo la pregunta: ¿cuáles serían las mejoras de software, los parches críticos y las nuevas apps que nuestra sociedad necesita instalar con urgencia? Luego, muchos otros tienen que subir al podio también. ¿Verdad, Argentina?

‘El arquetipo de un paraíso es un territorio no saqueado’, serigrafía, 2024. Imagen: Danila Ilabaca

Ahora, una advertencia necesaria: no somos computadoras, por si había que obviarlo. En cambio, somos el producto complejo y caótico de la historia, la materialidad cultural, así como resultado de procesos de naturaleza dialéctica que inciden en nuestras relaciones intersubjetivas y en nuestros contextos.

Evidentemente, una actualización social no se trata de hacer algo tan simple como hacer clic en «instalar». Sin embargo, y a modo de referencia una prueba tangible entre muchas para referir a los horizontes de posibilidad y capacidades del nivel de agencia humana que contenemos y que a veces es pasiva y distraída, quiero señalar el caso innegable que son las islas de plástico del tamaño de países enteros que flotan en los océanos. Éstas son el resultado de millones de acciones inadvertidas, un auténtico megaproyecto ejecutado sin un plan maestro consciente. Y sin embargo, real, y a niveles bien pesados. Imaginemos que pudiéramos redirigir esa todopoderosidad a algo que no sea una mam*da.

Ahora sí que, como diría el meme, «pero no puedes decir eso, entonces le ponemos»: lo importante de este ejemplo reside en el poderío y las capacidades que esto requiere, y que esta misma potencialidad de acción, cuando seamos capaces de volverla consciente y colectiva, así como enfocada a objetivos de interés sensato, será nuestro recurso más poderoso. Pedagógicamente hablando, podríamos y debemos diseñar(nos) y transformar(nos) para llegar a ser los pilares de posibilidad requeridos.

Podemos crear metodologías viables y sistemáticas para lograr nuestras «actualizaciones». La ventana de oportunidad para esta Revolución Sin Fusiles (rsf) no está en un campo de batalla físico, sino en el terreno de la cultura, la ideología y, específicamente, en las narrativas que constituyen la arquitectura oculta de nuestros imaginarios colectivos. Este proyecto va a nuestro espíritu, a nuestro sistema operativo nacional, uno que incluso podría ser global (y multipolar).

Hablamos de incidir en la materia psíquica que determina qué creemos posible, qué consideramos valioso, cómo lo visualizamos, qué necesitamos saber o cómo ser capaces de accionar, que nos permita erigir con qué nos definimos a nosotros mismos. Para que un país proyecte un futuro soberano, debe elevar su psique colectiva y su autoestima (este software) al rango de activo estratégico supremo. El tema de la autoestima de un pueblo, aunque íntimamente relacionado, lo dejamos para otro momento.

Este software del que hablamos ahora es nuestro bien más preciado y, al mismo tiempo, uno bastante frágil y susceptible. Está constantemente bajo amenaza de ser corrompido, hackeado o infectado con malware. Y aquí es donde la charla se pone interesante, debido a que gran parte de este malware tiene nombres y formatos concretos que refieren a operaciones y voluntades muy bien articuladas que, además, cuentan con un muy buen presupuesto de fondo: se trata de guerras discursivas y cognitivas, operaciones psicológicas (psyops), erosión planificada de memoria histórica, campañas de desinformación, manipulación mediática y toda una ingeniería de la (des)información diseñada para la dominación y el sometimiento de los pueblos vulnerables (y que no están «truchas»). Es decir, enfrentamos una verdadera guerra integral focalizada en crear, por un lado, caos informativo y crisis generalizadas en el orden deliberativo y organizativo y, por el otro, aplanan el terreno para intereses de ajenos.

Ojalá (inshalá) fuera cierto que gran parte de esos malware no se tratasen sino de meras diferencias de opinión o de dificultades de orden local, y que no fueran herramientas de guerra no convencional, porque su objetivo explícito es la desmovilización social, la fragmentación, dividir y amarrar navajas entre vecinos, provocar parálisis, la instalación de frustración, así como de otras formas de inestabilidad. En última instancia, el objetivo de estas operaciones es allanar el camino para golpes blandos o duros (revoluciones de colores) a partir de haber generado grandes niveles de desgaste de gobiernos o de estructuras políticas y de su legitimidad, debido a que no se acoplan a ciertos intereses. O incluso si lo hacen. Esos malware están diseñados adrede y son sumamente efectivos a la hora de atacar directamente las capacidades de un pueblo para autodeterminarse.

‘Desde los corazones revolucionarios germinarán las semillas’, aguafuerte y aguatinta, 2024. Imagen: Flor Fierro.

UN EJEMPLILLO CASUAL DE ALGO QUE LO CAMBIA TODO: EL NIXON SHOCK

Para entender la potencia y el rango del control de las narrativas, necesitamos un ejemplo contundente y, según yo, ni siquiera es el más c*brón. Pongamos sobre la mesa un caso que refiere a una narrativa oculta: el Nixon Shock del 15 de agosto de 1971.

Este evento es, quizás, una madre nodriza de los bugs; es decir, un bug mega m*malón que, aunque se instaló en el software económico global moderno y literalmente afecta al mundo entero, se ejecutó bajo una impresionante orquestación de control narrativo, resultando en que la mayor parte del planeta ni enterada está de su vigencia o incluso de su existencia. A la fecha sigue siendo un mero agujero negro en nuestra comprensión del mundo. Algo bien fuerte, y aquí el porqué.

Ese día, el presidente Richard Nixon anunció unilateralmente la suspensión de la convertibilidad del dólar en oro, lo que rompió los acuerdos de Bretton Woods que con todo y sus bemoles oficialmente habían regido la economía internacional desde la Segunda Guerra Mundial. Cosa que de por sí ya estaba ruda. En esencia, este giro desconectó al dólar de cualquier valor real tangible. El dólar gringo pasó de ser un certificado de valor almacenado (como el oro) a ser algo más parecido a un nft o una ficha de casino: su valor depende pura y exclusivamente de la confianza y el convencimiento (o la coerción) que logre imponer el poder emisor.

Las repercusiones de este movimiento son tan bastas que hacen palidecer cualquier diluvio bíblico. Reconfiguró milenios de «consenso» sobre el comercio, la producción, el ahorro y el poder. Habilitó un sistema donde ciertos organismos que controlan al país emisor (Estados Unidos) de esa La Moneda de reserva global puedan, en esencia, comprar bienes, recursos reales y fuerza de trabajo de todo el mundo a cambio de papelitos de colores que sólo ellos pueden imprimir sin límites o reglas fijas o sin sujeción a ley o penalización alguna, externalizando así su inflación y financiando su hegemonía con un impuesto invisible al resto del planeta. Y de ahí se deriva este otro detalle que tampoco es tan conocido:

Mientras alguien (los brics, con sus Kinzhales, sus Oreshnik, o «El imposible», etc.) por fin han sido capaces de desafiar la hegemonía del dólar y su sistema swift, el resto del mundo, incluida Latinoamérica, sigue viéndose forzado (a la de a huevo) a comprar y usar el dólar estadounidense como única vía para participar en el comercio internacional, lo que continúa alimentando este ciclo hegemónico, antidemocrático y que viola los principios de autodeterminación en el plano internacional. Ya que implica que los países han tenido prohibido comerciar con sus propias monedas nacionales. Pregúntenle a Gadafi. Esa hegemonía se erigió con base en algo que el Tío Sam denominó The International Rules Based Order (rbo), que se traduce a: cualquier cosa que le canten los huev*s a los oligarcas occidentales. Cosa que perfectamente se puede consultar en: ningún documento específico, sino que sólo se puede inferir en las políticas y acciones económicas, políticas, financieras, «diplomáticas», (extra)judiciales y sobre todo militaristas que se ejecutan desde Estados Unidos y la Unión Europea, su o desde su brazo armado, la otan. También desde su rehén, la onu (con esto de la onu también podríamos irnos recio, pero no hoy). Se menciona esto por su pertinencia, aunque lo dejamos como música de fondo.

Ahora, la pregunta del millón (¿de dólares, de nft, de sus huev*s?): ¿por qué ese evento cataclísmico del Nixon Shock es algo tan obscenamente ignorado en el currículum social, cultural y educativo a nivel global? O, dicho de otro modo, ¿cómo es posible que brille tanto por su ausencia en el capital cultural de la gente de a pie del mundo entero, ya que trastoca todo? He hablado con gente de muchos países y casi nadie topa esto. La respuesta, parcial o total, nos remite a la cuestión de la urgencia de esta batalla por el software.

Mientras este hecho fundamental permanece oculto, la maquinaria de la narrativa hegemónica trabaja 24/7 (con horas extras y minions incluidos) para ofrecernos villanos e historias a su conveniencia. ¿Cómo lograron instalar globalmente la imagen de Hugo Chávez o Fidel Castro como dictadores monstruosos, sin evidencias pero sin generar dudas? O, en el presente, ¿cómo pretenden hacerle creer al mundo que los líderes de Venezuela, Colombia y México están vinculados con el narcotráfico y el crimen organizado? Mientras, esa fábrica de cuentos logra ocultar la realidad olímpica y meticulosamente: las sanciones económicas de Estados Unidos y Europa (diseñadas en búnkeres como Quantico y en Think Tanks como ned, o el Ayn Rand Institute) cumplen sus objetivos: estrangular a las economías de Cuba y Venezuela, etcétera, generando escasez artificial y malestar social, a la vez de erosionar y socavar la legitimidad y apoyo hacia sus líderes y plataformas políticas, sin que las poblaciones locales que sufren los estragos de esos actos sepan o comprendan el origen real de sus infortunios.

No está de más recalcar que estas sanciones económicas generalmente vienen de la mano con políticas de austeridad forzadas y pérdidas de soberanía, orquestadas con y desde el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional contra países en vías de desarrollo. Estos actos no son para nada medidas pasivas o accidentales, sino que son estrategias y herramientas de guerra económica moderna y de avanzada de vanguardia que conforman planes de subyugación económica y política. Siempre suceden en el contexto de arquitecturas tramposas. Sin embargo, ese dicho poder mediático que denunciamos aquí que en muchos casos se utiliza para ocultar sanciones y otras agresiones, a veces también son presentadas con eufemismos o con maquillaje democrático y de desarrollo, como hacen la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (usaid) y sus discursos desestabilizadores.

Esas medidas, en tanto tienen objetivos claros y probados con evidencia sobrada, constituyen planes de asedio y chantaje (comercial, político, etcétera), además, con un innegable componente militarizado, diseñado para sabotear la psique social de las poblaciones que tienen por objetivo.

Estas políticas y agendas injerencistas cuentan, de manera pública y explícita, con la participación de gigantes tecnológicos dedicados al manejo de información, bancos de perfiles, espionaje, personalización de sesgos, así como de vigilancia, tales como Palantir, Oracle, Google y Meta, entre otras. Auténticas instituciones de oligopolios tecno-feudalistas abiertamente fascistas. Además, utilizan el éxito de sus operaciones como una forma de publicidad siniestra que, al promocionar sus acciones en contextos de conflicto (una estrategia de marketing gore), les permite apalancarse para cotizar mejor en bolsa. A pesar de que no ocultan sus afiliaciones imperialistas, resulta difícil dar seguimiento a todos los casos donde aplican sus tácticas y modelos de negocios y, por lo tanto, muy complicado comunicarlo con la gente «de a pie».

Si los pueblos del sur global estuvieran al tanto de las movidas que hay y ha habido al estilo del Nixon Shock, o la relación entre el stock market y las guerras en el mundo, junto con sus implicaciones, y entendiéramos que las sanciones impuestas contra países existen porque no se les da la gana alinearse, o porque se trata de países de piel morena, por lo general, muy probablemente cambiaría bastante, si no por completo, la percepción de la realidad y las lecturas del tablero geopolítico. Por ende, cambiarían la visión y la viabilidad de los procesos locales y globales.

Hay que realizar meditaciones en torno a lo que sería la diferencia entre creer que un país fracasó por su modelo económico o por su «raza», y entender que las dificultades por las que atraviesan en gran medida se deben a ser víctimas sistemáticas de sabotaje y de otras agresiones ilegales e inmorales. Qué diría el mundo si también hubiese escuchado lo que Anthony Blinken dijo a sus socios en privado: el lugar del sur global es estar «en el menú» del capital y la blanquitud sionista y europea. Es decir, el lugar del subdesarrollo, de ser explotado y de ser subalternos.

Este es el poder de una narrativa y de las ciencias y tecnologías de la desinformación: pueden ocultar la verdadera infección (malware), mientras señalan virus ficticios y atacan y corrompen softwares benignos. Y continúan insertando troyanos.

LA INDUSTRIA DEL MALWARE Y LA DESVENTAJA DEL SUR GLOBAL

La fabricación y dispersión de este malware narrativo no es artesanal. Es una industria bien aceitada con décadas, si no siglos, de carrera exitosa: ahora, y en definitiva, una rama más del complejo militar-industrial-financiero-monetario del que siempre se ha servido el colonialismo occidental.

Estimaciones conservadoras sugieren que el poder detrás de esta maquinaria de influencia se mueve en órdenes de magnitud de billones de dólares. El colonialismo occidental no se acabó; se digitalizó. Lleva siglos de ventaja en este juego, implantando relatos de supremacía y de su conveniencia (eurocéntrica, de «blanquitud», del bien y el mal, etcétera) que persisten como estándares aparentemente indiscutibles en amplias zonas del planeta, infectando las mentes de aquellos a quienes subyuga. Encima, cada ola de nuevas extensiones de sus virus se acopla sobre lo ya existente, dando continuidad a lo precedente y previamente establecido. Esto les permite seguir manipulando mentes y tableros de regiones del mundo con relativa facilidad con base a preceptos ya bien arraigados y falsos.

‘Tzompantli xochimilca’, linografía a dos placas, 2025. Imagen: Flor Fierro

¿Quién en su sanidad cultural vota por Milei o por cualquiera de los últimos seis presidentes de los Estados Unidos? Es un decir. La respuesta es: ahí ya no hay sanidad cultural, y la explicación también la encontramos al ver los nexos entre las mesas directivas de medios corporativos, como Grupo Clarín, o de las oficinas corporativas de las plataformas de redes sociales, con sede en Nueva York (The Empire State), al igual que sucede con las redes y los consorcios mediáticos, propiedad corporativa que, «casualmente» coinciden en líneas editoriales (y de censura y ocultamiento de detalles) manteniendo y reforzando esas narrativas de modo retealienado. Hay nexos de complicidad hasta con organismos supuestamente religiosos.

La ventaja que han establecido es tan abrumadora, que líderes de potencias nucleares y económicas, por ejemplo, Rusia y China de los brics, han admitido y denunciado públicamente su impotencia para combatir las narrativas hegemónicas originadas en Wall Street y en sus cánidas filiales en Washington, Londres, Bruselas, etcétera. Por ello, chinos y rusos también han recurrido a iniciativas para hacer lo que pueden, como pueden. Si estas naciones, con todo su poder, se ven acorraladas en esa guerra de la información llevada a cabo también en su contra, ¿qué podemos esperar para países como Venezuela, Colombia, Cuba, México o las extintas (asesinadas) Yugoslavia y Libia, cuyas desventajas tecnológicas, culturales y epistémicas, incluyendo sus currículum-sociedad les dificultan la tarea de asegurar su autodeterminación en los términos aquí dichos?

Para terminar esta sección, me resulta obligado lanzar las siguientes preguntas: ¿sabemos a quién pertenece o quién controla la institución emisora del peso mexicano y del 99% de las monedas nacionales de los países del mundo, y hasta dónde trastoca esto con sus implicaciones? Esto se queda de tarea, sólo les adelanto que, aunque soy muy fan del billete del ajolote, me dan ñáñaras de pensar en la turbia realidad de cómo eso pone en jaque a toda noción de soberanía. Seguimos.

EL CASO MEXICANO: SEMBRANDO VIDA VS. LA INUNDACIÓN TÓXICA

En México, como en el resto del planeta, esta batalla por las narrativas se libra todos los días en el campo de lo concreto. Es una lucha entre hablar de hechos objetivos y una interminable nube tóxica de desinformación. ¿Cómo es posible que algo tan tangible como el éxito del programa Sembrando Vida, que ha logrado una reforestación masiva e histórica, con profundos beneficios sociales y ambientales, sea un dato tan desconocido o minimizado para una gran parte de la población en el país? La respuesta nos remite a que el software nacional está bajo un bombardeo constante.

En el contexto de los estragos provocados por el Nixon Shock, las sociedades contemporáneas (incluyendo a la mexicana y su gobierno) se ven obligadas, involuntariamente, a destinar cantidades desproporcionadas de tiempo, energía y recursos tan sólo para contrarrestar el caos generado por la guerra informacional de la que son objeto. ¿Cuántas veces hemos estado en medio de una discusión cargada de futilezas falaces con un tragacionista que leyó en algún encabezado algo como «el Peje, amigo cercano del Chapo; mira la foto con la mamá del Chapo» y que no para de hablar del supuesto absoluto narco Estado. Esta dinámica se asemeja a intentar instalar una aplicación útil mientras un virus está en proceso de formatear el disco duro.

Según estimaciones variables, hay quienes insinúan que por cada peso invertido en estrategias de comunicación oficial para informar y socializar temas de relevancia estratégica, tal como en los espacios de La Mañanera (México) o Aló Presidente (Venezuela), los intereses antagonistas invierten anualmente millones de dólares en campañas de intoxicación masiva con alcance internacional que incluye bots, noticias falsas, propaganda golpista, influencers, declaraciones de políticos coloniales/imperialistas, contenidos mediáticos sesgados, que se difunden con algoritmos y alcance favorables, tanto en las plataformas tradicionales como en las digitales.

Ahora mucha gente se está comenzando a dar cuenta de esto, especialmente gracias a los esfuerzos, sacrificios y enorme sufrimiento de la gente del «país de la sandía», donde es relativamente sencillo observar cuáles medios intentan, por un lado, ocultar lo imposible de ocultar, y a la vez tratan de desviar la atención o lavar la imagen de quien no es ya más que un trapo al sol que además hiede a putrefacción. ¿Pero qué podemos decir sobre todos los otros casos e historias mal conocidas y desconocidas del sur global? ¿Se acuerdan del hecho de que Estados Unidos tenía a Nelson Mandela en su lista oficial de los terroristas más buscados? Háganme el chingado y re cabr*n favor. El punto es que la asimetría no sólo es brutal; es estructuralmente desproporcionada. Cada millón que invierten sigue sumándose a maquinarias verdaderamente efectivas y bien aceitadas.

HACIA UN FIREWALL CULTURAL: PROPUESTAS PARA UN ASEGURAMIENTO ESTRATEGICO

Frente a este asedio, la pasividad es un lujo que no nos podemos permitir. No se trata de censurar, sino de defender. Necesitamos erigir un sistema de aseguramiento de la calidad informativa, un firewall cultural que proteja nuestro espacio mental colectivo. Perder en el terreno del relato no es una opción.

Si la humanidad, sin darse cuenta, fue capaz de montar islas de plástico flotantes del tamaño de países, será hipotéticamente realizable desarrollar, conscientemente, estrategias de legítima defensa de la sanidad cultural, a través de la curaduría de la información y el desarrollo educacional de pueblos con espíritu y con habilidades críticas. De nuevo, esto se haría a modo de legítima defensa ideológica, cultural y social. Sin necesidad de caer en autoritarismo, siempre con base en estrategias de afianzamiento democrático en el terreno de las narrativas. Para ello, como ejemplo, se propone una hoja de ruta con varios frentes:

1. Elevar el acceso a la información verídica y confiable, al grado de un derecho humano fundamental

La calidad de una democracia es directamente proporcional a la calidad de la información disponible para sus ciudadanos. Sin un acervo contextual veraz, el capital cultural se corrompe y la ciudadanía no puede tomar decisiones libres. Esto debe ser promovido y protegido con la misma vehemencia que cualquier otro derecho.

2. Reconocer las campañas de desinformación sistemática como una agresión a la soberanía nacional.

Hay una diferencia abismal entre la libertad de expresión y la intoxicación masiva premeditada. La primera es sagrada; la segunda es un acto hostil. Este reconocimiento permitiría el desarrollo de mecanismos legítimos de autodefensa discursiva: unidades de verificación de datos, alfabetización mediática crítica desde perspectivas de educación (formal, informal, no formal) y con apoyo en marcos legales para enfrentar campañas de difamación y desinformación. Sobre todo, las orquestadas con fondos y apoyo extranjero (y nacionales traicioneros).

3. Fomentar una colaboración estratégica y orgánica entre sociedad civil organizada y Estado.

Ningún gobierno del sur global por sí solo puede ganar esta batalla. La sociedad civil, universidades, periodistas independientes, artistas, comunidades digitales e internacionales, organizaciones sociales deben convertirse en una red neuronal de resiliencia. Son cruciales para cocrear narrativas propias, facilitar programas de combate a la desinformación y, sobre todo, para auditar y alimentar (pedagógicamente) el software nacional con historias de soberanía, logros y otros contenidos capaces de propiciar mayores niveles de formación y habilidades, así como para procurar la preservación y socialización de la memoria histórica con los suficientes contextos. De este modo, desde los primeros resultados ya se estaría habilitando un mayor nivel de acceso a posibilidades críticas y de estabilidad política, social y cultural.

Es la única forma de paliar la asimetría financiera y política: con inteligencia colectiva, agilidad y credibilidad.  «Y (pa) que (re)tiemble en sus centros la tierra».

En conclusión, la emancipación ideológica no es un tema abstracto reservado para académicos, sino una tarea práctica muy urgente sino es que la más para cualquier nación que aspire a la soberanía. La calidad de nuestro futuro depende de la calidad de la información que consume nuestra psique colectiva. Se trata de dejar de ser usuarios pasivos de un sistema operativo impuesto y defectuoso, para convertirnos en los ingenieros conscientes y críticos de nuestro propio destino, desde lugares comunes, colectivos y comunitarios.

La Revolución Sin Fusiles, la versión 1.0, no comienza con un disparo, sino con una pregunta incómoda, con un dato verificado, con una narrativa recuperada, con un chiste bien bajado, con un meme mamal*n, con un mural bien codificado, con poesía coherente y no indiferente, con nombres de calles pertinentes, ad infinitum. Es la revolución de mayor categoría porque es la que se libra en la trinchera de la mente colectiva, y también la más entretenida. Sobre todo, es la única que puede sentar las bases sólidas para las demás revoluciones.

Sin balas; con ideas, imágenes y palabras; sin trincheras que no sean esfuerzos culturales, con colores, con sonidos, con la voz, y a través de todos los sentidos. Y como diría el buen José Doroteo Arango Arámbula si viviera en nuestros tiempos: «Puro fierro digital, alv, pariente. Puro amor al pueblo».

Posdata:

El abordaje crítico a las carencias de hardware son tema paotro día. Ájala y ámonos recio.