¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la aurora!
¡Has sido derribado por tierra, tú que debilitabas a las naciones!

— Isaías 14:12

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El anticristo constituye una de las figuras más inquietantes y debatidas de la escatología cristiana. Su mención, aunque escasa en la Biblia, ha generado una vasta tradición teológica y cultural que abarca desde los primeros siglos del cristianismo hasta la literatura y el pensamiento contemporáneos. El término proviene del griego antí-khristos, que puede traducirse como «opuesto a Cristo» o «en lugar de Cristo», lo cual sugiere tanto una oposición directa como una falsa suplantación del mesías judío. Según la Enciclopedia Británica, el anticristo representa la personificación del mal en los últimos tiempos y simboliza la resistencia humana y espiritual frente a la verdad revelada por Cristo. [b]

Recuerdo aquel 11 de septiembre de 2001, cuando cayeron las Torres Gemelas (WTC) en Nueva York, y una ola de especulaciones políticas y simbólicas inundó los medios. Las célebres Profecías de Nostradamus [1] volvieron a mencionarse, como suele ocurrir cada vez que una catástrofe mundial ocupa los titulares y se anuncian las supuestas señales del fin de los tiempos y la aparición del anticristo.

Sin embargo, no se puede hablar de un solo anticristo, ni siquiera de uno célebre o definido. La historia de la humanidad ha estado llena de figuras que encarnan este concepto, así como de interpretaciones diversas y relativas sobre lo que realmente significa.

El término aparece únicamente en las epístolas de San Juan [2] del Nuevo Testamento. En estos pasajes, el apóstol advierte que «ya han surgido muchos anticristos» y que «cualquiera que niega que Jesús es el Cristo» encarna el espíritu contrario a la verdad divina. [a] Esto indica que el anticristo no es sólo una figura futura, sino también una realidad presente en la historia, expresada en las actitudes, sistemas o personas que niegan la encarnación y la divinidad de Jesús de Nazaret, el supuesto rey de los judíos.

Es cierto que la idea de la salvación proviene de los judíos, pero el germen de un anarquismo religioso ya latía en los primeros cimientos del cristianismo, que ignoró a los grandes dioses de la antigüedad hasta consolidar una estructura jerárquica con un líder supremo: el Papa.

Otra consideración es que la relación que guardan el número 666 y el emperador Nerón proviene del Apocalipsis de San Juan (13:18), donde se menciona que «el número de la bestia es seiscientos sesenta y seis». Estudios bíblicos sugieren que se trata de una referencia cifrada a Nerón César [3], empleando la técnica hebrea de la guematría, en la cual cada letra tiene un valor numérico. Al escribir «Nerón César» en hebreo ( רסק ןורנ ), la suma de sus letras equivale a 666. Durante el siglo I, Nerón fue visto por los cristianos como una encarnación del mal y la persecución, ya que bajo su gobierno se llevaron a cabo crueles represalias contra ellos tras el incendio de Roma en el año 64 d. C. Por ello, el número 666 se consolidó como símbolo del poder corrupto y opresor, y con el tiempo pasó a representar al mismísimo príncipe de las tinieblas o el anticristo.

A. Pío Primley, Diablito, impresión de linóleo, 2023.   |   B. Pío Primley, Rey San Pascual, impresión de linóleo, 2024.

Por épocas de Nerón, San Pablo [4], el judío errante por excelencia, provocó un incendio universal. Separado del judaísmo y armado con un símbolo irrevocable —una cruz cargada de culpa y chantaje—, este apóstol sentó las bases para la creación de un nuevo imperio espiritual sobre la tierra. Es cierto que la idea de la salvación proviene de los judíos, pero el germen de un anarquismo religioso ya latía en los primeros cimientos del cristianismo, que ignoró a los grandes dioses de la antigüedad hasta consolidar una estructura jerárquica con un líder supremo: el Papa. Terriblemente astutos los primeros señores padres de la iglesia. Durante la Edad Media, la idea del anticristo adquirió un carácter político y eclesiológico. Algunos reformadores protestantes, como Martín Lutero [5], interpretaron la figura como una metáfora del poder papal, mientras que teólogos católicos la aplicaban a las herejías que amenazaban la unidad de la Iglesia. Adaptando el concepto a las tensiones históricas y sirviendo como categoría de oposición frente a lo que cada grupo consideraba como corrupción o falsificación de la fe auténtica. [c]

Ya para el siglo XIX pensadores como Søren Kierkegaard y Friedrich Nietzsche reinterpretaron la idea de forma filosófica. Para el primero, era la negación existencial de la fe; para el segundo, en su obra El Anticristo de 1895, simbolizaba la rebelión del individuo contra la moral cristiana tradicional, redefiniendo la noción desde una crítica cultural y no teológica. La palabra cristianismo era ya una equivocación para Nietzsche pues estaba convencido de que en realidad no hubo más que un cristiano, el que murió en el Gólgota. El evangelio murió en la cruz. Lo que después se ha llamado Evangelio fue lo contrario de lo que el Cristo había vivido, pues lo único cristiano es la práctica cristiana, una vida como la que vivió Jesús de Nazaret. Este cristianismo primitivo, el verdadero, es posible en todas las épocas. Lo esencial no es una fe diferente, sino una manera de obrar diferente. Para el filósofo alemán, reducir el cristianismo a un fenómeno de creencia, a un mero fenomenalismo de la conciencia equivaldría a negar el propio cristianismo; es decir, ser anticristiano. Pues, si se le mira de cerca, a pesar de la fe, quienes reinan en él son los instintos y ¡qué clase de instintos! señalaba Nietzsche. [d]

C. Pío Primley, La obra perdura, impresión de linóleo, 2025.

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La historia del pueblo de Israel es de un valor inapreciable como historia de la desnaturalización de todos los valores naturales. De un dios consejero, expresión de toda la inspiración y confianza de uno mismo, pasaron a un dios exigente; se hizo de la moral no una condición y desarrollo de un pueblo, sino una cosa no material, contraria a la vida misma. Volcada a una perversión sistemática que fue perdiendo su inocencia envilecida por la idea del pecado, el bienestar convertido en peligro y en tentación. Como un malestar fisiológico intoxicado por el remordimiento, el judaísmo heredó al cristianismo la idea de salvación. Para los profetas hebreos, salvarse no era ir al cielo, sino ser liberado del sufrimiento, la opresión o el exilio. Dios salva a su pueblo, no sólo a individuos. Sin embargo, en el Nuevo Testamento, la salvación pasa de ser colectiva y política a ser individual y espiritual, ligada a la fe. ¿Y qué es la fe?

«La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.»
— Hebreos 11:1

Para el cristianismo, es el fundamento de toda la experiencia religiosa: la confianza, adhesión y entrega total a Dios revelado en Jesucristo. No se trata sólo de creer que Dios existe, sino de creerle a Dios, de aceptar su palabra, su voluntad y su promesa de salvación. Y ya que el hombre no puede saber por sí mismo qué es bueno y qué es malo, es Dios quien le muestra su voluntad a través del Espíritu Santo, las escrituras, el ejemplo de Cristo, la comunidad de fe y la conciencia iluminada, que forman un sistema de guía espiritual que combina divinidad, enseñanza y experiencia personal que, en su mayoría, es conducida por personajes como el Papa y los sacerdotes o pastores, quienes actúan como mediadores y representantes de la autoridad divina en la comunidad católica o cristiana.

Sin embargo, existen otras figuras que suelen tomar relevancia esporádicamente: los profetas, que pregonan hablar en nombre de Dios con fidelidad y valentía, guiando al pueblo hacia la justicia, la fe y la salvación, aun cuando su mensaje sea difícil de aceptar. Y dentro de este mismo rubro, pero en sentido opuesto «como toda dicotomía judeocristiana», los falsos profetas, que son personas que pretenden hablar en nombre de Dios, pero que engañan al pueblo con enseñanzas incorrectas o intereses personales. Desde el Antiguo Testamento, está presente esta característica profética; Jeremías critica a los profetas que «predicen paz cuando hay guerra y engañan con mentiras» ( Jer 23:16-17). Mientras que, en el Nuevo Testamento es el propio Jesús quien, en palabras de Mateo, nos advierte: «Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces» (Mateo 7:15). Por ello, los falsos profetas se asocian con el engaño, la corrupción espiritual y la desviación de la verdad divina.

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Desde San Pedro hasta León XIV, la historia del cristianismo y de la humanidad misma ha presenciado la aparición de personajes que bien podríamos extrapolar de los cánones judeocristianos para nombrarlos con las etiquetas de anticristos, salvadores o falsos profetas. Figuras como Nerón, Calígula, Hitler, Mussolini, Franco o Marcial Maciel podrían representar perfectamente el papel del anticristo por su crueldad, persecución y abusos de poder político, económico, religioso y hasta sexual, que bien podrían recordarnos aquel mítico 666 que recae en los confines de una bestia, de una maldad verdaderamente atroz. En contraposición, líderes como Mahoma, Lutero, Luther King, Mandela o el expresidente uruguayo José Mujica han sido percibidos como salvadores, sujetos transformadores de la política y su sociedad. Y por otro lado, tenemos y hemos tenido gobernantes, empresarios y autoproclamados visionarios como Sadam Hussein, Donald Trump, Javier Milei, Gianni Infantino o nuestro recién proclamado «tío Richi», Ricardo Salinas Pliego, que no pueden ser otra cosa más que –estafadores– operadores del poder que prometen paz, guía y redención, mientras administran el miedo de los pueblos, lo canalizan hacia intereses privados, ideologías de exclusión y proyectos autoritarios diseñados para blindar privilegios y multiplicar sus fortunas.

Contamos nuestra era antes y después de Cristo, y aunque cohabitamos con múltiples religiones, ideologías políticas y clases sociales —que pueden darnos puntos de partida para reconocer los patrones de poder, liderazgo y charlatanería que se repiten a lo largo de la historia— cada conflicto, cada migración y cada movimiento religioso o político revela la eterna tensión entre los líderes que buscan el bien común y aquellos que explotan la fe, la desigualdad, la esperanza o el miedo de las masas para sus propios fines. De tal forma que la historia se convierte en un mapa en el que podemos identificar a nuestros propios anticristos, salvadores y falsos profetas, pues no sólo habitan en los grandes nombres del pasado, sino en los personajes y estructuras que aún moldean nuestras sociedades, recordándonos que el discernimiento, la reflexión crítica y la filosofía son herramientas tan necesarias hoy como lo fueron en los tiempos antiguos.

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[1] Michel de Nôtre-Dame (1503-1566), boticario francés y supuesto adivino, más conocido por su libro Les Prophéties (Las Profecías); una colección de 942 cuartetas poéticas que supuestamente predicen el futuro. El libro se publicó por primera vez en 1555.

[2] Juan el Apóstol o San Juan, también llamado San Juan Evangelista, fue, según diversos textos neotestamentarios, uno de los discípulos más destacados de Jesús de Nazaret. Nativo de Galilea, pescador de oficio y considerado el más joven del grupo de «Los Doce».

[3] Nerón César fue el mayor de los nietos de Tiberio y obvio sucesor del Imperio romano, pero fue acusado de traición, junto con su madre, por lo que ambos fueron desterrados a la isla de Ponza, donde fue inducido a morir por hambre en el año 30.

[4] Pablo de Tarso, más conocido como San Pablo, es llamado el «Apóstol de los gentiles» o el «Apóstol de las naciones». Fundador de comunidades cristianas en varios de los más importantes centros urbanos del Imperio romano y redactor de algunos de los primeros escritos canónicos cristianos —incluyendo el más antiguo conocido: la Primera epístola a los tesalonicenses—, Pablo constituye una personalidad de primer orden del cristianismo primitivo y una de las figuras más influyentes en toda la historia del cristianismo.

[5] Martín Lutero (1483-1546), teólogo, filósofo y fraile católico agustino que comenzó e impulsó la Reforma protestante en Alemania y cuyas enseñanzas inspiraron la doctrina teológica y cultural denominada luteranismo.

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Referencias

[a] Biblia de Jerusalén. Bilbao: Desclée de Brouwer, 2009.

[b] «Antichrist», Britannica, 2024. Disponible para consulta: https://www.britannica.com/topic/Antichrist

[c] «Anticristo», Diccionario enciclopédico de Biblia y teología, Biblia.work. 2024. Disponible para consulta: https://www.biblia.work/diccionarios/anticristo  

[d] Nietzsche, Friedrich. El Anticristo. México: Ediciones Leyenda, 2005.