La tarde del 13 de septiembre de 1981 fue inaugurado en el Ex Convento de Churubusco el Museo Nacional de las Intervenciones. La apertura del museo combinó el proyecto personal de Gastón García Cantú con un periodo en el que el Estado financió una última etapa de grandes museos, antes de entrar al periodo neoliberal. De ese tiempo datan la creación del Museo Nacional de Arte, en el antiguo edificio de Comunicaciones, y el Museo del Templo Mayor, junto a las excavaciones arqueológicas en el centro histórico de la Ciudad de México. Sobre su marcado interés en la conformación de este recinto, García Cantú, en ese entonces director general del Instituto Nacional de Antropología e Historia, INAH, anotó:

Tuve la idea de hacer un museo que recordara la resistencia de nuestro país a la invasión norteamericana, significada en Churubusco por la defensa que había hecho, sobre todo, el general Anaya. Pensé en la traición de Santa Anna, al haber enviado un parque que no correspondía al armamento que tenían entonces en Churubusco. Los episodios previos a la batalla, la batalla misma, la aprehensión de los que estaban allí, de los que más se habían significado por su decisión de vencer al ejército estadunidense y de impedir su avance al centro de la ciudad.[1]

La participación de la historiadora Eugenia Meyer en el proyecto convenció al profesor de que el museo no debía ser solamente sobre la guerra contra Estados Unidos de América, como estaba figurado en un principio, sino que estuviera dedicado a todas las intervenciones militares sufridas por el país a lo largo del siglo XIX y los comienzos del XX. En ese momento, el joven equipo dirigido por Meyer contaba con la experiencia de la elaboración del guion y el discurso museográfico del Museo de la Lucha Obrera, montado en la antigua cárcel de Cananea, Sonora, el año anterior, en concordancia con las nuevas tendencias de la museografía a partir de lo subalterno.[2] El equipo de investigación pugnó por que el guion científico y el discurso museístico de Churubusco se desprendieran un tanto del  libro clásico de Gastón García Cantú, Las intervenciones norteamericanas en México, para liberar al museo de su asidero escrito.[3]

El otro elemento que sirvió para acotar la traslación literal de la obra historiográfica al despliegue final fue la labor de Mario Vázquez Ruvalcaba, como jefe del equipo de  museografía del proyecto, encargado del montaje con todas las dificultades que presentó el antiguo convento, un monumento histórico que no se puede alterar en lo esencial, un espacio no diseñado para ser museo, y sitio laberíntico que no facilita el recorrido, con zonas de muy diferentes tamaños y exceso de vanos en los muros, testimonios que no se podían cubrir como pintura mural, superficies que no se pueden perforar, entre otros inconvenientes. Mario Vázquez contaba con una amplia experiencia en la museografía del Museo Nacional de Historia y del Museo Nacional de Antropología, lo que lo dotó de autoridad dentro del Instituto en la construcción y montaje de espacios museísticos, insertados en el nacionalismo revolucionario de la escuela museográfica mexicana del siglo XX.[4]  

Maqueta del Ex Convento de Churubusco, actual Museo Nacional de las Intervenciones, Ciudad de México. Fotografía del autor.

Para la investigadora Luz Maceira, la peregrinación, religiosa o civil, es un pasaje hacia lugares sagrados habitados por saberes que poseen significados particulares, un movimiento por distintos espacios físicos que, mediante la manipulación de símbolos, han sido convertidos en el escenario para la comunicación de un conjunto de mensajes a un grupo. El museo puede considerarse uno de esos espacios sagrados, donde se realizan prácticas rituales seculares, desde de una religión civil para el caso mexicano.[5] La religión civil mantiene mitos y versiones históricas, constituye pilares de orden y hegemonía social, provee al individuo de una base de relación con la sociedad. El museo cumple la función de artefacto entramado al sistema educativo, cohesiona la identidad. El museo ofrece información científica, en cedulas y explicaciones, con interacción con lo estético y lo emocional del objeto, con el ver, imaginar, un traslape del tiempo presente y pasado en un escenario con diversos artilugios museísticos.[6]

El museo está muy ligado al programa escolar como una extensión del sistema educativo mexicano. El Museo Nacional de las Intervenciones, como muchos otros bajo custodia del INAH, lleva consigo esos objetivos didácticos y pedagógicos.  Buena parte de su público son estudiantes de muy distintos niveles, desde la educación básica y media, hasta alumnos de los colegios de las Fuerzas Armadas.[7] Los grandes museos del INAH, además del publico nacional, reciben un buen número de visitantes extranjeros, cerca del 20%, cifra que no es comparable con el número mucho menor que recibe el Museo Nacional de las Intervenciones, cerca del 10%, no obstante, encontrarse en una zona turística cercana a Coyoacán y la Casa Azul de Frida Kahlo. La compleja temática de las relaciones de México con el extranjero hace que no sea ofertado como una primera opción de esparcimiento y disfrute para los turistas extranjeros. Gastón García Cantú recuerda sobre la inauguración:

[…] empezábamos el recorrido y en una parte, al subir unos escalones para acceder a otro sitio, el secretario de Relaciones Exteriores, el licenciado Jorge Castañeda me detuvo un momento y me dijo: «Qué bueno que se inaugura este museo, hacía mucha falta. Lo hacemos a pesar de las presiones, de parte de la embajada estadunidense para que esto no se abriera al público».[8]

Demián Flores, El asalto a Chapultepec, de la serie “USA-Mexico War”, collage y acuarela, 2011

Las presiones fueron llamadas de la embajada estadounidense a la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE), pidiendo una visita previa al museo antes de su inauguración.  De la oficina de Protocolo Diplomático se comunicaron con Eugenia Meyer para transmitirle la solicitud de la representación estadounidense de hacer un recorrido especial. La respuesta de Meyer fue tajante, el museo no estaría abierto al público hasta después del 13 de septiembre y no habría excepciones. Cuando Eugenia Meyer informó a Gastón García Cantú, este se mostró más que enfadado, entusiasmado, pues la idea del museo, aun antes de su presentación en sociedad, había llamado la atención. [9] Después de Gastón, de conocidos sentimientos antiyanquis, pocos funcionarios se mostrarían ilusionados con recibir esta clase de comunicaciones. 

No solamente los extranjeros le dan la vuelta al museo. Su temática, anunciada desde el nombre, fija postura de un contenido antiimperialista, contraria al intervencionismo de las potencias. Pero el mensaje, si bien cumple con fines didácticos y nacionalistas, tiene aristas más afiladas, que en ocasionas resultan incómodas para algunas autoridades. La posición política implícita en el discurso no refleja necesariamente la posición oficial. Un ejemplo se encuentra en el hecho de que, en una ocasión, cuando se solicitó la venia para realizar en el museo un seminario sobre extractivismo y nuevas formas de intervención en México y América Latina. El departamento jurídico negó el permiso, argumentado que el edificio sólo estaba dedicado a conservar y difundir historia de México, aunque incluso se han realizado otros eventos sobre América Latina, con perfiles menos polémicos. Así mismo se denegó la posibilidad de montar una exposición del artista plástico Demián Flores en la que alteraba las litografías de Carl Nebel, incluyendo viñetas de personajes de Walt Disney en el campo de batalla. Al parecer las intervenciones, en su otra acepción, están vetadas en Intervenciones. Así pues, el museo también es un espacio de resistencia constante. Empero, si algunas dependencias o autoridades sostienen alguna aversión a Churubusco, la embajada de la República de Irlanda es una invitada recurrente a las ceremonias que allí se celebran, que se siente tanto en la plaza de San Jacinto como en el barrio de Churubusco y en sus espacios naturales para recordar la gesta de los San Patricios en la ciudad de México. 

Demián Flores, Batalla de Churubusco, de la serie “USA-Mexico War”, collage y acuarela, 2011.

Para el historiador inglés David Brading la pugna en México de lo colonial-católico en contraposición con lo nacional-liberal se pone de manifiesto a través de sus museos.[10] En ese sentido, el Museo Nacional de las Intervenciones puede ser un ejemplo ilustrativo de esas tensiones. Su continente, el ex convento de Santa María de los Ángeles de Churubusco, es una edificación eminentemente religiosa, cuya primera asignación fue alojar a frailes dieguinos y ser centro de formación de evangelizadores hacia el lejano Oriente, y los testimonios de esa época se hacen presentes en su diseño, arquitectura y ornamentación. Las circunstancias de la guerra demandaron la apresurada exclaustración de los dieguinos en agosto de 1847. Tras la batalla, el edificio pasó a ser uno de los referentes nacionalistas, al ser escenario de la defensa de la Patria, donde muchos de los liberales moderados, afiliados a las guardias nacionales, combatieron con las armas en la mano a la invasión. Aún hoy día, mientras el convento aloja la historia de las intervenciones y un discurso sobre la conformación del Estado-Nación, la consolidación del discurso liberal y la defensa de la soberanía ante las agresiones extranjeras, la parroquia contigua continúa abierta al culto. Reflejo de las tensiones Iglesia-Estado del México de comienzos del siglo XX es la formación de la colección de arte sacro de Churubusco, conformada con obra religiosa requisada de otras iglesias que llegó a las bóvedas durante el conflicto cristero.

Aunque la religión civil a veces es etiquetada esquemáticamente como «oficial», también es difusa, espontánea, popular, interiorizada culturalmente y no del todo delimitada. En actos de carácter local, el barrio de Churubusco celebra en agosto la festividad religiosa y días después el aniversario de la batalla, y lo mismo ocurre en el Peñón de los Baños, con la peculiar representación del 5 de mayo. Situación similar ocurre en un museo en relación con los asistentes, pues por más que exista un guion delineado, también se convierte en un fenómeno emocional. Estudios de público muestran diferentes formas de vincularse con la historia. En casos analizados recientemente, en las exposiciones sobre el centenario de la incursión de Pancho Villa en Columbus y la intervención norteamericana de 1916, y Meximorón de Balam Bartolomé, sobre el Batallón de San Patricio y la Intervención estadounidense sucedida entre 1846 y 1848, se ha mostrado una apropiación popular por parte de los visitantes en relación con la historia del país. Cito un par de comentarios dejados en el libro de visitantes:

«¡Hay que volver a Columbus, El Álamo y recobraremos Texas, ¡Arizona y California a base de mojados y hartos latinos y al pinche Trump le tocara su Villa!»

«Mi general Villa: hago de su conocimiento que en este siglo XXI que me tocó vivir aún siguen interviniendo los norteamericanos en las decisiones que solamente nos competen, pero debido a la actitud permisiva de los gobiernos mexicanos.»

«Villa fue un ladrón y una vergüenza para México.»

«Necesitamos otro Villa para cambiar la situación económica del país. ¡Viva Villa!» [11]

Es decir, aunque el museo tenga la disposición como un artefacto al sistema educativo, y como institución oficial una intencionalidad de uso de la historia, los recorridos facilitan diferentes lecturas de los procesos históricos tan variados como visitantes acuden al museo.

Demián Flores, Batalla de Contreras, de la serie “USA-Mexico War”, collage y acuarela, 2011

[1] Luis Gerardo Morales Moreno, «La mediación cultural del museo», en Luis Gerardo Morales (ed.), Tendencias de la museología en América latina, México, INAH/ENCRyM, 2015, p. 129.

[2] INAH TV, «Entrevista a la doctora Eugenia Meyer», 12 de septiembre de 2011, YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=fQgpYUj41JI&t=30s (consultado el 20 de julio de 2022).

[3] Guillermo Fuentes García, Gastón García Cantú. Recuerdo en breves trazos (México, Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales Vicente Lombardo Toledano, 2007), p. 220.  

[4] Ana Bedolla Giles y Fernando Félix y Valenzuela, «Diálogo con Mario Vázquez: su museografía». Gaceta de Museos, 2015, 14-15.

[5] Maceira Ochoa, Luz, «Dimensiones simbólico-rituales de los museos-lugares de memoria». Alteridades, 2009, 72.

[6] Luis Gerardo Morales Moreno, «La mediación cultural del museo», 126.

[7] Verónica Martínez Tovar, «Del nacionalismo a la globalización. Una aproximación semiótico-cultural al discurso del Museo Nacional de las Intervenciones». Entretejidos, 2021, 30.

[8] Guillermo Fuentes García, Gastón García Cantú. Recuerdo en breves trazos, 222.

[9] INAH TV,«Entrevista a la doctora Eugenia Meyer».

[10]Luis Gerardo Morales Moreno, «Museológicas. Problemas y vertientes de investigación en México». Relaciones, 2007, 37.

[11] María Dolores Nájera Contreras y Rubí Conde, «Atreverse a evaluar: un recuento de casos en el Museo Nacional de las Intervenciones».Estudios sobre públicos y museos, 2019, 234-236.