Hubo un tiempo en que el mundo parecía dividirse en dos caminos opuestos. Después de la Segunda Guerra Mundial, se desató una disputa global entre dos proyectos de sociedad: el capitalismo encabezado por Estados Unidos y el bloque socialista liderado por la Unión Soviética. Durante décadas, esa confrontación -la Guerra Fría- atravesó la política internacional, las economías nacionales y también la vida cotidiana de millones de personas.
En ese tablero global, América Latina se convirtió en uno de los territorios donde la disputa adquirió una intensidad particular. No era solo una región del mapa: era el escenario donde se enfrentaban dos ideas de futuro. De un lado, los pueblos que aspiraban a construir sociedades más justas, con soberanía sobre sus recursos y democracias populares; del otro, las élites económicas locales y los intereses internacionales decididos a preservar un orden que durante décadas había garantizado privilegios, desigualdad y control sobre la vida pública.
En los años setenta del siglo pasado, ese conflicto atravesaba gobiernos, universidades, sindicatos, periódicos, canciones y también el arte. Para millones de jóvenes latinoamericanos, la política no era una abstracción: era la posibilidad concreta de transformar la vida y, sí, de imaginar otro mundo posible.
En ese contexto, Chile se convirtió en una de las experiencias más audaces y entrañables de su tiempo. El proyecto encabezado por Salvador Allende intentaba algo que parecía improbable: transformar profundamente la estructura económica y social del país por la vía democrática. La Unidad Popular buscaba redistribuir la riqueza, recuperar recursos estratégicos como el cobre y ampliar derechos sociales para todas las personas. Eso despertó el temor de las élites económicas chilenas, de sectores empresariales y de los intereses internacionales -particularmente de Estados Unidos- que veían en ese proyecto una amenaza a su control político y económico.
El 11 de septiembre de 1973, el cielo de Santiago de Chile se abrió en fuego. Los aviones de la Fuerza Aérea descendieron sobre el Palacio de La Moneda, y las paredes que guardaban la voluntad de un pueblo temblaron bajo las bombas. La democracia fue herida, desgarrada y silenciada a metralla.
Comenzó la dictadura de Augusto Pinochet, uno de los capítulos más oscuros y dolorosos de la historia latinoamericana.
En cuestión de horas, Chile se convirtió en territorio minado: radios tomadas, calles militarizadas, listas negras que corrían de mano en mano, libros ardiendo en patios y plazas. De pronto, cualquiera podía ser sospechoso sin saber exactamente de qué. La junta militar inició una cacería sistemática contra militantes, simpatizantes y cualquiera que hubiera estado cerca del proyecto de la Unidad Popular. Miles de personas fueron detenidas y trasladadas al Estadio Nacional de Santiago, convertido en un enorme campo de prisioneros donde se interrogaba, se golpeaba y se hacía desaparecer a opositores.
Ese mismo día, José “Pepe” Palomo salió de su casa rumbo al trabajo sin saber que no volvería. Entre los planes de esa jornada estaba encontrarse con Víctor Jara para trabajar en la portada de un disco que nunca llegó a existir. Como tantas otras historias, ese proyecto quedó suspendido en el aire.
Nacido en Santiago de Chile en 1943, desarrolló un estilo de pocos trazos, de lectura inmediata: una línea precisa, casi mínima, capaz de decir en una viñeta lo que a veces las palabras apenas logran insinuar. En sus dibujos había una mirada aguda sobre la ironía, el poder, la historia y la fragilidad humana.
La policía lo buscaba para detenerlo. Un vecino alcanzó a advertirle. Palomo se ocultó. Afuera, todo era hostil y cada minuto podía ser el último. Entonces apareció una salida posible: la embajada de México. Cruzar ese umbral fue un acto de resguardo y de ruptura. Atrás quedaban la vida conocida, sus afectos, su país. Así comenzó el exilio.
Exilio es una palabra que hoy parece lejana, eco de otros tiempos. Pero significa fractura: abandonar la tierra que te enseñó a ver y nombrar el mundo. Es dejar atrás familia, amistades, calles, libros, canciones. Es aprender que la patria puede convertirse, de un día para otro, en un lugar al que ya no puedes volver porque la vida misma está en juego.
Pepe llegó a México sin familia ni equipaje, pero con algo que la dictadura no podía destruir: el humor, la convicción, la mirada.
Palomo pertenece a una generación que no veía la política como escalera ni vitrina, sino como una forma de estar, sostenerse y explicar el mundo sin traicionarse. Una generación que apostó el cuerpo y la vida a la idea de que la educación podía abrir las jaulas, de que la cultura no era adorno sino herramienta para dignificar la existencia.
Creían -de verdad creían- en la justicia social: no como consigna vacía, sino como un horizonte por el que valía la pena perder privilegios, arriesgar la calma, incluso el futuro. No buscaban enriquecerse, ni fama, buscaban transformar y dar sentido. Y en esa fe se aferraron a la palabra, al pensamiento, al dibujo, la voz y todo aquello que pudiera decir: el mundo puede ser otro.
Pepe entendió que la risa también puede ser una forma de resistencia. “Lo más cercano al humor es la poesía”, dijo repetidamente. Tal vez por eso sus dibujos, incluso los más duros, nunca pierden una cierta ternura, un guiño hacia la humanidad. El humor verdadero no nace del desprecio, sino de la lucidez.
Cuando el poder intenta parecer natural, inevitable, incuestionable y eterno, una línea lo desarma: revela su absurdo, lo desnuda, lo vuelve humano. Pepe comprendió que el humor es una forma de pensamiento, un llamado a cuestionar lo dado y a evidenciar la relación entre poder, sociedad y conciencia.
Palomo pertenece a una tradición latinoamericana donde el humor gráfico no era evasión, sino una forma de intervenir en lo público, junto a nombres como Quino, Rius o Naranjo, que entendieron el dibujo como una herramienta crítica frente al poder político y económico.
En ese sentido, su trabajo iba más allá de la caricatura, hablaba de “graficar metáforas”, de condensar en una imagen lo que a veces el lenguaje no alcanza a nombrar. En ese gesto hay una operación más profunda que el chiste o la sátira: una forma de lectura, cuando el dibujo traduce la realidad en imagen, la interpreta y deja constancia. Ahí es donde su obra se vuelve registro: no como archivo inmóvil, sino como una insistencia que vuelve sobre los hechos y los expone. En cada viñeta ocurre algo más que una opinión ya que se fija un momento, una tensión, una forma de mirar y narrar que se resiste a desaparecer.
La Ciudad de México lo recibió con esa mezcla de hospitalidad, caos y vitalidad donde siempre parece estar comenzando algo. Y desde aquí siguió observando el mundo con una pregunta que atraviesa toda su obra: ¿cómo dibujar el poder sin dejarse domesticar por él?
En México, su mirada encontró nuevos lectores. Durante décadas, sus cartones aparecieron en distintos periódicos -Unomásuno, La Jornada, El Universal, Reforma, Excélsior-. En esos años, Palomo colaboró en espacios donde el consumo comenzaba a pensarse como un terreno de disputa. Eran tiempos en los que, desde ciertas trincheras, se defendía a las personas frente a los abusos del mercado con una postura clara y contundente: no se trataba solo de informar, sino de cuestionar y educar. Había ahí una intención crítica, una voluntad de confrontar a quienes concentraban poder económico, de no ceder ante sus reglas ni su narrativa.
Se creía que al consumismo podía hacérsele frente, que no era un destino inevitable sino una lógica que podía desarmarse. Poco después nacería su célebre tira El Cuarto Reich, que, en una primera etapa, durante los años ochenta y noventa, apuntó contra las dictaduras latinoamericanas. Ahí, Palomo llevó la crítica al terreno de la sátira directa: los dictadores, los burócratas del poder y los mecanismos de dominación aparecían convertidos en personajes grotescos, ridículos, exagerados. La risa surgía al reconocer la lógica absurda de los autoritarismos. La caricatura se volvía así una forma de justicia simbólica, dibujar como una manera de pensar.
Con el tiempo, esa mirada no se detuvo en los regímenes políticos y comenzó a desplazarse hacia otras formas de poder menos visibles, pero igual de persistentes. El Cuarto Reich afinó entonces su enfoque para exhibir, con la misma ironía, las dinámicas del consumo: sus excesos, sus trampas, su normalización. Lo que antes se encarnaba en figuras autoritarias comenzó a aparecer en hábitos cotidianos, en deseos inducidos, en lógicas aparentemente inofensivas. La crítica no perdió filo: solo cambió de escenario.
Con los años, esa mirada que había aprendido a leer la política también encontró espacio para la ternura. De ahí nació Matías y el pastel de fresas, un libro entrañable por su sencillez y su calidez. En sus páginas aparece otro Palomo: el que sabe detenerse en los gestos pequeños, en la infancia, en la imaginación. Como si, después de haber dibujado las sombras de la historia, también quisiera recordarnos que el mundo todavía puede ser un lugar para la dulzura.
Observar desde la resistencia, descubrir lo invisible detrás de lo evidente, relacionar hechos aparentemente lejanos hasta encontrar una imagen capaz de contener una idea: eso es lo que ocurre cuando su mano dibuja. El punto se vuelve forma, la forma pensamiento, y el pensamiento una chispa que busca despertar conciencias.
Hoy el mundo parece moverse a otra velocidad. Las redes sociales trafican miles de imágenes por minuto, los memes circulan con rapidez, pero ¿la reflexión? Apenas asoma. Son imágenes que se consumen y desaparecen.
Palomo pertenece a una tradición donde mirar el mundo era una tarea seria. Había que leer, había que escuchar, había que entender la historia, porque la memoria es parte de la libertad de los pueblos.
Tal vez por eso sus dibujos siguen teniendo algo que decir incluso en este tiempo dominado por algoritmos, silencios cómplices y soledad. Porque detrás de cada línea existe una convicción: la inteligencia crítica sigue siendo necesaria.
A través de su humor podemos recordar que ninguna forma de poder es definitiva y que incluso en los momentos más oscuros la imaginación encuentra formas de resistir. Lo vivido no desaparece. Permanece en las imágenes, en los motivos. Por eso su obra conserva siempre una mezcla extraña de ironía y ternura: ironía para mirar el poder y ternura para no perder la fe en la humanidad.
Pepe murió el sábado 28 de marzo de 2026. Y con su muerte no se apaga solo una mano ni una firma: se va también una forma de estar en el mundo. La de quienes creyeron que desde su trinchera, se podía cambiar el rumbo de la historia.
Hoy, mientras las noticias se acumulan con una violencia que parece repetirse, mientras el mundo vuelve a tensarse y a olvidar, con guerras que regresan como si fueran inevitables, con pueblos arrasados, con el desdibujamiento de acuerdos internacionales y el debilitamiento de derechos que parecían conquistados, se vuelve imposible no pensar en todo lo que esa generación sostuvo. En lo que defendieron, en lo que imaginaron, en lo que arriesgaron.
En ese mismo presente, las personas migrantes vuelven a ser tratadas como amenaza, las diferencias como motivo de exclusión y la vida de otros como si valiera menos sin dejar de lado conflictos armados terminan sirviendo a la apropiación de los recursos de los pueblos. ¿Qué pasó con aquello que se creía irrenunciable? ¿En qué momento la historia empezó a repetirse con tanta naturalidad?
Quizá por eso su muerte no es solo despedida, sino un recordatorio de todas las personas que lucharon desde la tinta, desde la voz, desde la calle y que el tiempo ha ido dejando atrás. Con ello se asoma un riesgo: que su memoria se vuelva anécdota, que su lucha se archive, que su insistencia se diluya hasta volverse apenas un eco.
Palomo dibujaba, otros cantaban, escribían, organizaban, enseñaban, marchaban, cuidaban, abrían espacios, sostenían comunidades. Hay muchas formas de resistir e insistir en que la vida, el mundo y sus civilizaciones tienen un derecho básico, irrenunciable: el derecho de vivir en paz.
