#SHOW BLITZKRIEG | CÉSAR CORTÉS VEGA |
Imágenes de Demian Flores (en las fichas) y César Cortés (intervenidas / color) |
1.- PENSAR MÁS, UN POQUITO MÁS. ESO ME PARECE INDISPENSABLE, AUNQUE PARA ELLO SE DEBA SACRIFICAR CLARIDAD. Hay quienes dicen que los conceptos han de asimilarse fácilmente con la finalidad de que su función se cumpla. Y yo estoy parcialmente de acuerdo, porque creo que eso depende, en todo caso de quién necesite transmitir aquella feliz facilidad: no siempre lo simple tiene las mejores intenciones. Las vertientes de racionalismo pedagógico suelen tener muchos inconvenientes, pues están sujetas a las limitaciones conceptuales de quien dicta los contenidos de eso que se supone debe comprenderse. Y algo —algo llamado ideología— mueve las voluntades de aquellos que reproducen estrategias hacia la manipulación, como si la función aleccionadora, útil para situar más allá de un examen autoconsciente a quien la cumpla, fuese una misión que se debe ejercer como mandato de un orden superior. Ahí cabe desde la broma lanzada con el fin de incomodar toda diferencia, hasta las razones para imponer la normalización de la sandez que justifique, por ejemplo, invadir un país que no es el propio. Unos menos peligrosos que los otros, muchos de estos procesos operan desde lógicas parecidas cuando llaman a un consenso que es más representativo que demostrativo. Y, ¿de qué se disfrazan para intentar lograrlo? De lo aparentemente imparcial y cerrado. De lo «normal» que, en contextos de fuerte pelea ideológica, suele ser fácilmente dominable en su visibilidad y determinación. Por ejemplo, las operaciones booleanas y de asignación empleadas para el arreglo de todo algoritmo se centran, justamente, en algo así como la sencillez del «lugar común» que la convención fija y manipula con el fin de preservar el «orden». O, para decirlo de otra manera: regular lo que es cuantificable por medidas matemáticas, capaces de arrojar certidumbres basadas en inferencias lógicas para escalar tendencias. Lo «normal», pues, se convierte en lo nominalmente atractivo, aquello que se imagina como lo que sí debe ser contemplado gracias a que posee una función anticipada. Pero, entonces, atención ahí: tales cometidos pueden llevar a los grupos, ya sean conformados por los vecinos de una cuadra, hasta los integrados por naciones enteras, a terminar deseando el matadero propio o ajeno.
«Matthias Sindelar» imagen intervenida por César Cortés.
2.- EL TÍTULO DE ESTE BREVE TEXTO FRAGMENTARIO lleva la frase de una canción del grupo argentino Patricio Rey y los Redonditos de Ricota. De sus letras se decía, justamente, que eran ininteligibles. ¿Quiénes? Aquellos acostumbrados a entender sin contratiempos una música facilona, porque ¿quedarse con la duda? ¿Para qué ir más allá? En algo de una naturaleza tan banal se plantean, paradójicamente, las complejidades de la simpleza, pues independientemente de si se comprendía o no lo que el Indio Solari [1] expresaba en las letras de la banda, la gente atiborraba los espacios donde tenían lugar sus conciertos. Algo que trascendía un entendimiento lineal parecía ser la fórmula que condujo a sus seguidores a colmar el Estadio Chateau Carreras o el Estadio de Huracán. Fuego y banderas, cantos de guerra y pasión más allá de la música. El que ahora se recuerda como «el pogo más grande del mundo» —lo que acá llamaríamos slam— se llevó a cabo en uno de esos recitales masivos en el Estadio Racing Club: ejemplo concreto de los cuerpos dejándose guiar por un sentido que se construye con otras y otros, mientras los cantos se hacen comunes. ¿Claridad? No creo que se necesitara. Había ahí aliento insuflado de soberanía, poder para el cruce de la significación que se incrementaba desde la penumbra, pero guiado por un ardor diferente al de la mera racionalidad acomodaticia. ¿Espectáculo? Sí, una forma de él, aunque invertida, porque detrás de esa parafernalia no había intermediarios ni grandes disqueras. Todo era realizado fuera de la ciudad y con producciones autónomas.
Cuando pedimos coherencia, impulsados por la necesidad de afiliación a una causa, a su funcionalidad, no podemos esperar la ejecución de actos imaginando su cumplimiento absoluto. Quiero decir: toda manifestación cultural está basada en el error, o en lo que no se adapta del todo al modelo del que parte. Su posibilidad es la diferencia; es decir, aquello que le distingue. En este caso, se puede hablar de música, aunque si eso apunta a una clase particular de ella, a lo que nos referimos es a sus peculiaridades. Unas consecuentes con el modelo, y otras que plantean discrepancias con él. Eso mismo pasa en la literatura, en la interpretación musical o en el futbol. Y ahí yo prefiero una racionalidad extendida y paradójica que no vea el objeto, sino su causa para trascender la ingenuidad manipulable, una consecuencia no predicha hacia el resurgimiento de otros posibles sistemas, a veces no visibles o, quizá, difícilmente explicables en su gestación. La capacidad para imaginar más allá del humo que hace que el bello fiero fuego termine por no verse.
«Eric Cantona» imagen intervenida por César Cortés.
3.- EN EL LIBRO DEL BUEN AMOR, escrito por el arcipreste de Hita en el siglo XIV, se decía ya:
Con su pesar, la vieja dixome muchas veces:
Arcipreste, más es el rroydo que las nueces
Uno de los orígenes del conocido refrán: «Mucho ruido y pocas nueces». Un principio básico que puede ejemplificar bien cómo el espectáculo se habría de construir basado en una antigua herencia. Hoy eso podría equivaler a la reproducción de las imágenes como mediación de la mercancía, ruido distractor de lo que está más cercano al origen de los tiempos. Guy Debord, en su célebre ensayo La sociedad del espectáculo [2] habla de imágenes que representan el consumo y el descentramiento de los intereses colectivos:
El tiempo seudocíclico consumible es el tiempo espectacular, a la vez como tiempo del consumo de imágenes, en el sentido restringido, y como imagen del consumo del tiempo en toda su extensión. El tiempo del consumo de imágenes, médium de todas las mercancías, es de modo implícito el campo donde se ejercen plenamente los instrumentos del espectáculo y el fin que estos presentan globalmente como lugar y como figura central de todos los consumos particulares […] [p. 136].
Aunque el problema no me parece privativo de las imágenes, a lo que el conocido situacionista se refiere al mencionarlas es a que ellas señalan una visión del mundo objetivado, no como un apéndice desvinculado del sistema de producción de lo real, sino como parte esencial de su configuración especular. Se trata «del corazón del irrealismo de la sociedad real» que necesita de ilusiones que opaquen lo suficientemente bien el consenso colectivo surgido de la inteligencia social. Sin embargo, de aquello es difícil alejarse del todo, debido a que la manera que tenemos de comunicar cualquier cosa depende, justamente, del sistema de representaciones que nos formó y puso tales «imágenes» en nuestra conciencia y comportamiento. Presencia permanente «como ocupación de la parte principal del tiempo vivido fuera de la producción moderna».
¿Será posible, entonces, revertir todo eso de algún modo? ¿Cómo afinar los ojos para que el humo no cubra aquel fuego que arde en la conciencia pública? O, en todo caso, ¿qué se necesitaría para que el ruido pueda ser menor, y haya más nueces sobre la mesa? La canción de los Redonditos da una pista: «Fijate de qué lado de la mecha te encontrás» [3]. A pesar de estos tiempos sombríos en los que el necrocapitalismo ha avanzado varias casillas en su cinismo y amenaza de aniquilación, la reunión con los otros no dejará de cumplirse. Y esa será una de las mejores maneras para resistir, pues eso es lo que nos ha hecho humanos desde siempre. Pero no basta con la mera congregación si no lleva la posibilidad de que con ello los nombres de cosas y sucesos se alteren. Así es como, también, los lenguajes se han modificado: no en condiciones favorables, sino gracias al límite y a la complejidad del mundo que se gestiona en común. De su necesidad para trascender la simplificación de aquello que nombran. No me refiero al lenguaje como cosa dada, sino como algo que, más allá de la coacción, encontrará siempre salidas nuevas. Debord dice al respecto, por ejemplo, que la posibilidad se encuentra en la conformación de consejos obreros. Ampliando esas potencias y pensándolas desde la época contemporánea, podría decirse que es en la reunión de los comunes donde es viable plantear nuevas formas para romper los cercos y unificar las diferencias procurando la discusión, pero a la vez que los métodos para ponernos de acuerdo se alejen de la imposición copiada de la maquinaria productivista.
«Selección de futbol del Frente de Liberación Nacional (FLN)» imagen intervenida por César Cortés.
4.- ¿Y EL JRUBOL, APÁ? Cuatro pequeñas anécdotas de entre muchas otras posibles, nos sugieren que el futbol no solo es el futbol. Normalmente, un juego tan popular como este suele ser reducido, como todo lo demás que hace parte del sistema productivo actual, a un sinfín de trivialidades convertidas en número y estadística. En celebración de la continuidad del relato nacionalista basado en anécdotas elementales o, a veces, ni en eso. Y todo aquel humo especular sucede como un descentramiento, pantomima para lo trivial, aunque ocurrida en el terreno de la violencia y la muerte gestadas por intereses financieros. Sin embargo, la llamada «fiesta del futbol», con todo y sus anuncios monumentales de pasta de dientes o botes del leche al dos por uno, adornada por balones y canchas y aficionados oligofrénicos y chorros de serpentinas y folclore para el souvenir patriotero, al menos ahora resulta más grotesca que en otros tiempos. Hoy, que tenemos más cerca el destripadero de la Historia, no darse cuenta de la contradicción es estar prácticamente muerto. Esa es la cara real del problema. Como nunca, hoy las imágenes de las que habla Debord están sostenidas por un hipervalor que es convertido no solo por los demonios del capital, sino por las razones de Perogrullo, de tontos útiles adaptados a constantes que parecen inofensivas. Eso, incorporado al actuar cotidiano, es el verdadero desvarío. Una política, del signo que sea, que cae en el juego de lo masivo y pacta con una industria como la FIFA, que actúa a la manera de un monopolio que especula con derechos de transmisión, patrocinios de marcas que financian las peores causas, entradas, licencias, y que compromete incluso el propio aporte de los países anfitriones. Políticas ligadas al espectáculo, que adquieren una forma estatal en aras de la ganancia, ya sea material o inmaterial. Al servicio de ciudades enteras, se trata de un dispositivo que oculta la sordidez de una humeante banalidad, para que el show mediático en turno continúe con su destino: ser uno de los chivos expiatorios más rentables para la fetichización de lo público. Y los argumentos de los Estados para permitir su hegemonía son cortitos y chatos, similares a los que vemos por millones en nuestros celulares. El llamado Ad Populum es justamente lo que les sostiene: solo porque una mayoría lo desea, significa que se trata de algo que debe ser bueno o verdadero. Y, entonces, si atiende las preferencias de la generalidad, parecerá conveniente el que sea reproducible, por lo cual el único desafío aparente es que sea o no accesible. Si ese es el paroxismo tontorrón de la sencillez, ¿no habría que preferir la incomprensión? El futbol, de ser una batalla simulada conducida al delirio, como todo buen rito, es ahora además vehículo para una gestión pública superficial cuya teatralidad sirve para influir en las políticas de control nacional. ¿No parece ser así? ¿Estoy muy complicado? Bueno, entonces sacaré mi tazo dorado, ya de todos conocido: el ¡primer! «Premio de la Paz: el futbol une al mundo» otorgado al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en diciembre de 2025 durante el sorteo de la Copa Mundial 2026 en Washington. Gianni Infantino, director de la FIFA, entregándole el galardón, con el cual reconocía ¡acciones excepcionales para promover la paz mundial y la unidad, incluyendo la resolución de conflictos! ¡Golazazo!
«Carlos Caszely» imagen intervenida por César Cortés.
5 (EPÍLOGO).- La «imbecilidad» para Lacan no se refiere a una deficiencia, sino a la posición de un sujeto frente al lenguaje. Implica una suerte de captura en la que todo sentido se percibe cerrado, lo cual impide cualquier mediación simbólica. La «imbecilidad», pues, no es falta de inteligencia, sino un «efecto del sentido».
«Jorge Solari apodado El Indio [al igual que el vocalista de Patricio Rey y los Redonditos de Ricota]» imagen intervenida por César Cortés.
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NOTAS
[1] El vocalista de la banda llamado el Indio Solari, paradójicamente comparte nombre con un futbolista homónimo que fue jugador del River Plate llamado Jorge Solari, a quien también apodaban El Indio. Se dice que fue el nombre del futbolista que inspiró a sus amigos a bautizar así al cantante.
[2] Debord, G. [1967] (1995). La sociedad del espectáculo (R. Vicent, Trad.). Pre-Textos.
[3] Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. (2017, 4 de septiembre). «Queso ruso» (audio oficial) [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=uEWQmm3qYt0




