Por Arturo Martínez Núñez

Hay momentos en que el mundo decide creerse una fábula. Cada cuatro años, esa fábula tiene forma de balón y gira sobre sí misma, como si en su trayecto pudiera ordenar el caos. Se le llama futbol, pero en realidad es otra cosa: una ceremonia laica donde los pueblos ensayan, por un instante, la posibilidad de reconocerse.

El próximo gran capítulo de esa ceremonia será la Copa Mundial de la FIFA 2026, y aunque su calendario ya está escrito, lo verdaderamente importante no aparece en ninguna agenda. No está en los horarios ni en las sedes. Está en lo que ocurre cuando millones de miradas se alinean hacia una misma escena, cuando la respiración colectiva se ajusta al ritmo de un partido y el tiempo —ese tirano cotidiano— parece detenerse en el borde de un área.

El futbol tiene la extraña virtud de parecer simple y ser inagotable. Un juego de reglas mínimas, de líneas claras, de objetivos evidentes. Y, sin embargo, debajo de esa superficie ordenada, late una complejidad que pocas expresiones humanas alcanzan. No es sólo deporte. Es lenguaje, es memoria, es relato. Es una forma de decir «nosotros» en un mundo que cada vez lo pronuncia con más dificultad.

Se juega en todos lados, pero nunca es el mismo. En una calle de Buenos Aires, la pelota esquiva grietas y sueños; en un barrio de la Ciudad de México, rebota contra muros que han visto crecer generaciones enteras; en cualquier rincón del planeta, el balón recoge la historia del lugar donde rueda. No es un objeto neutro: es un archivo en movimiento.

Rodrigo Ímaz, Ingrávido cometa, pintura acrílica en triplay recortado, 2026.

Por eso el Mundial no es sólo una competencia entre selecciones. Es una disputa de relatos. Cada equipo carga algo más que una camiseta: lleva consigo la sombra de su pasado, la promesa de su futuro, las cicatrices de sus derrotas y la obstinación de su esperanza. En la cancha corren más que once jugadores; corren las narrativas de países enteros, sus heridas, sus orgullos, sus formas de habitar el mundo.

Hay, en todo esto, algo profundamente ritual. El Mundial es una liturgia contemporánea. Tiene símbolos, tiene cantos, tiene momentos de éxtasis y de duelo. El gol —ese instante mínimo— no es sólo un acontecimiento deportivo. Es una revelación. Un estallido que rompe la linealidad del tiempo y convoca a miles, a millones, en un mismo latido. Durante esos segundos, la multitud deja de ser suma de individuos y se convierte en cuerpo colectivo.

Se abrazan desconocidos. Se gritan nombres que jamás se habían pronunciado. Se llora con una intensidad que no siempre encuentra lugar en la vida cotidiana. El futbol permite eso: una emocionalidad compartida que en otros ámbitos sería impensable o incluso sospechosa. En el estadio o frente a la pantalla, el ser humano se reconoce en su forma más primaria: la de quien necesita sentir con otros.

Rodrigo Ímaz, Ingrávido Bellingham, aguatinta y aguafuerte, 2024.

Pero toda ceremonia tiene su sombra. Y en el futbol contemporáneo esa sombra tiene forma de mercado. Detrás de la épica del juego se despliega una maquinaria gigantesca donde cada emoción es susceptible de convertirse en cifra. La FIFA no sólo organiza partidos; administra un espectáculo global donde confluyen intereses económicos, políticos y mediáticos de escala planetaria.

El Mundial que viene será también eso: un engranaje perfecto de transmisión, patrocinio, turismo y consumo. Las pantallas multiplicarán la experiencia hasta volverla ubicua, y al mismo tiempo, la encuadrarán, la medirán, la convertirán en dato. Habrá algo de paradoja en todo ello: mientras más universal se vuelve el futbol, más se expone al riesgo de diluir su raíz.

Sin embargo, la esencia resiste. Resiste en el grito espontáneo, en la jugada inesperada, en el error humano que ninguna estadística logra domesticar. Resiste en la memoria de quienes han hecho del futbol una forma de vida, no un espectáculo.

México, en este escenario, ocupará un lugar singular. No sólo porque será anfitrión, sino porque vive el futbol como una extensión de su propio pulso. Aquí el balón no se observa: se siente. Se discute en la sobremesa, se defiende en la calle, se exagera, se sufre, se convierte en materia de ironía y de fe.

Rodrigo Ímaz, Ingrávido uno, aguatinta y aguafuerte, 2024.

Hay algo profundamente mexicano en la manera de relacionarse con el futbol: una mezcla de ilusión persistente y desencanto aprendido. La historia reciente de la selección ha tejido una narrativa donde la esperanza siempre llega acompañada de cautela. El famoso «quinto partido» no es únicamente una meta deportiva; es una figura simbólica, una frontera que se anhela cruzar como si en ese gesto se resolviera algo más profundo que un resultado.

Y sin embargo, el aficionado sigue ahí. Permanece. Cree. Esa es quizá la figura más poderosa del futbol: el creyente sin garantía. El que vuelve a mirar, a esperar, a imaginar que esta vez será distinto. Pensemos en un seguidor de Pumas de la UNAM: habituado a la irregularidad, pero fiel a una identidad que no se negocia. En su lealtad hay una forma de resistencia frente a la lógica del éxito inmediato. No se trata sólo de ganar; se trata de pertenecer.

El futbol enseña a habitar esa contradicción. Enseña que la belleza puede ser fugaz, que la justicia no siempre coincide con el resultado, que el esfuerzo no garantiza la victoria. Enseña, en suma, una ética de la incertidumbre. Y tal vez por eso nos resulta tan cercano: porque se parece demasiado a la vida.

Rodrigo Ímaz, Balón ponchado, aguafuerte y aguatinta, 2023.

El Mundial que viene será una fiesta, sí. Pero también será una escena de revelación. En sus partidos veremos algo más que goles. Veremos cómo las naciones se narran a sí mismas, cómo el mercado organiza la emoción, cómo las multitudes buscan, aunque sea por un instante, sentirse parte de algo mayor.

Al final, cuando el último silbatazo se disuelva en la memoria, quedará lo de siempre: la sospecha de que el futbol no resuelve nada y, sin embargo, lo ilumina todo. Como si en el recorrido imprevisible de un balón se dibujara, una y otra vez, la forma incierta de lo humano.