Actualmente, el futbol es un fenómeno social inverosímil. Es el deporte más visto, practicado y el negocio deportivo —e incluso me atrevo a decir que uno de los negocios más grandes en general a nivel mundial.
La base de esta maravilla deportiva radica en que se trata de un quehacer colectivo, de conjunto, que además de tener la parte competitiva de puntos, posiciones, torneos y trofeos, genera algo que lo convierte verdaderamente en un fenómeno social: una pasión desbordante. Esa pasión existe en quienes lo disfrutan observándolo, en quienes juegan en torneos de barrio, en el llano, en la calle o en las escuelas, en el estadio de manera profesional; y también en los aficionados o hinchas que apoyan al equipo de su preferencia, generalmente ligado a su localidad o región.
Este “fenómeno” puede analizarse desde muchos puntos de vista distintos. Todos ellos, al conjuntarse, ayudan a explicar el porqué de su masividad, la cual aumenta cada año en todo el mundo y en todos los rubros mencionados, impulsada también por los avances tecnológicos.
Un balón, dos voluntades.
Fotografía: Kahl, 2026
En el pasado, el futbol fue una actividad casi exclusiva de los hombres. En 1971, cuando se llevó a cabo en México un Mundial Femenil, llamó la atención, pero más como una curiosidad que como un movimiento realmente trascendente. En aquel entonces no provocó una masificación de su práctica ni una profesionalización importante. Pasaron muchos años para que el futbol femenil fuera adoptado de manera un poco más amplia y seria. Actualmente las mujeres participan en todos los niveles: niñas en escuelas y calles, ligas locales, regionales y nacionales alrededor del mundo, así como en torneos profesionales y Copas del Mundo.
Hoy prácticamente todos los torneos importantes tienen su equivalente femenil: competencias colegiales, ligas nacionales y eventos internacionales de enorme impacto, incluso torneos tan prestigiosos como la Champions League en su versión femenina. El futbol femenil se ha convertido en un verdadero “eventazo” porque las jugadoras participan con la misma pasión —o incluso mayor— que los hombres, con enorme compromiso, coraje y, en muchos casos, con una técnica superior a la de varios futbolistas profesionales varoniles. Sin embargo, el futbol femenil aún necesita contar con más apoyo, mayor difusión, mejores salarios, el uso pleno de los estadios y muchas cuestiones más que continúan pendientes. Es labor de todas y todos buscar la equidad en este deporte-negocio.
Antes que afición, una comunidad.
Fotografía: Kahl, 2026
Así, la FIFA tiene organizado al mundo futbolístico en categorías infantiles, juveniles y mayores: sub-15, sub-17, sub-19, sub-21, sub-23 y selecciones mayores, tanto en la rama varonil como en la femenil. Es decir, si antes ya era un gran negocio, hoy lo es prácticamente al doble: doble género, doble participación, doble cantidad de practicantes, de eventos, de transmisiones y de audiencias. Televisión abierta, cable, aplicaciones de paga, redes sociales, plataformas digitales y transmisiones en internet forman parte de este gigantesco aparato económico. La organización, dirección y patrocinio de los eventos; la venta de camisetas; los contratos publicitarios para equipos y jugadores; y las ganancias de directivos, federaciones y organismos como la FIFA convierten al futbol en un verdadero emporio económico.
En mi opinión, el grado de exposición actual al futbol ha llegado incluso a niveles casi “tóxicos”. Se transmiten partidos de todas las categorías y de numerosos países. Al menos en México se consume futbol nacional y también de España, Italia, Francia, Alemania, Inglaterra, Portugal, Argentina, Brasil, Estados Unidos y muchos otros. Lo cierto es que, hasta ahora, el mercado y los aficionados parecen soportar —e incluso demandar— cada vez más contenido relacionado con este deporte. Hoy resulta una verdadera monserga ver un partido por televisión: durante todo el encuentro los narradores mencionan anuncios comerciales de manera obsesiva, aparecen constantemente imágenes que estorban la visión del juego y continuamente se interrumpe la experiencia del espectador con publicidad de las peores empresas trasnacionales. Este espectáculo deportivo es el pretexto para generar una utilidad económica desbordada gracias a la alta popularidad que posee a nivel mundial.
Sostener la expectativa.
Fotografía: Kahl, 2026
Los programas especializados son cada vez más numerosos, tanto en televisión abierta como en sistemas de paga. Exfutbolistas y exentrenadores participan como comentaristas y analistas. Algunos —los menos— son verdaderos profesionales del micrófono: objetivos, claros, preparados y agradables de escuchar. Pero la mayoría carecen de capacidad de análisis, fluidez verbal o de cultura general, esto es debido a que no existe necesariamente relación entre haber sido una gran estrella del futbol y poseer habilidades de comunicación, análisis o expresión oral. Todo esto constituye otro enorme brazo comercial derivado del futbol, que genera todavía más ingresos para equipos, federaciones y medios de comunicación, ampliando así el tamaño del negocio y el número de personas que viven económicamente de este deporte.
Además de todo esto, quisiera ahora hacer énfasis en otro factor fundamental: la pasión del aficionado. A pesar de todos los “bemoles” ya mencionados sobre el futbol nacional e internacional, millones de personas de todas las clases sociales —pobres, clase media o económicamente privilegiadas— tienen un equipo favorito y lo apoyan con enorme intensidad emocional. Eso hace que estén pendientes de cada resultado, de la posición en la tabla, de los triunfos y derrotas. Cuando su equipo sale campeón, el orgullo se vuelve inmenso, y portar la camiseta diariamente se convierte en una especie de símbolo de identidad y pertenencia.
Existe incluso una máxima entre los aficionados: se puede t de trabajo, de ciudad, de residencia o hasta de religión, pero jamás de equipo. Todo esto provoca que la pasión se desborde constantemente: cada semana, todo el año. Más aún ahora que existen torneos cortos, liguillas y finales dos veces al año, lo que naturalmente implica más negocio para todos los involucrados.
Toda cancha tiene su tribuna.
Fotografía: Kahl, 2026
Existe quien es solamente un aficionado “pasivo”: disfruta del juego, pero no lo practica. Sin embargo, cuando se combina el ser aficionado con practicar futbol —sin importar el nivel: en la calle, en la escuela, con amigos, en una cascarita informal o en una liga amateur— ocurre algo distinto. Entonces la pasión del aficionado se fusiona con el entusiasmo de ser futbolista. Y ahí es donde el fenómeno rebasa los límites del simple gusto por un deporte. La emoción de correr tras el balón, defender, atacar, crear estrategias y buscar el resultado convierte esa experiencia en algo profundamente emocional y casi espiritual. En ese momento, esa entrega se transforma prácticamente en una religión. Es entonces cuando se entiende la convicción de millones y millones de personas alrededor del mundo que viven, disfrutan y sienten todo lo que representa jugar y convivir con un balón.
Inicia el tercer tiempo: el partido empieza a contarse.
Fotografía: Kahl, 2026
¡Cruz Azul campeón!
