Adallys Madrigal. La Interpelación del Juego. Técnica: Fotografía. 2026

Durante mucho tiempo se nos enseñó a mirar el deporte como el último refugio de lo justo: un espacio donde el esfuerzo basta, donde el mérito se impone y todo se decide en la cancha. Pero es suficiente mirar más de cerca para notar otra cosa: gana quien pudo llegar, quien fue permitido, quien logró resistir. Bajo la promesa del juego limpio, no todas las trayectorias empiezan en el mismo punto ni se juegan con las mismas reglas.

Históricamente, las mujeres hemos sido confinadas al ámbito privado, mientras que la presencia masculina en lo público —incluido el deporte— ha sido no sólo permitida, sino celebrada y hasta «natural». Esa división no desaparece cuando se pisa una cancha o una pista: se reconfigura. La narrativa gira en torno a desigualdades, jerarquías y violencias que, a veces, son evidentes, y otras, más sutiles, pero igual de persistentes.

El problema no es sólo quién juega, sino en qué condiciones se juega:

  • No es lo mismo jugar con salarios millonarios que jugar casi gratis.
  • No es lo mismo tener contratos y patrocinios desbordados que acuerdos precarios o inexistentes.
  • No es lo mismo competir con visibilidad mediática y comercial que hacerlo en el anonimato.
  • No es lo mismo entrenar con infraestructura adecuada que con lo mínimo.

A estas desigualdades se suma otra capa: la experiencia de jugar cambia radicalmente cuando el cuerpo, la orientación o el género se convierten en objeto de juicio y vigilancia constante.

Una encuesta realizada por Barra Feminista MX en sus redes sociales en 2023, entre personas que practican o consumen deporte, en su mayoría mujeres jóvenes, confirma lo que ya se intuye: el 98.4% considera que existen prácticas discriminatorias en el ámbito deportivo y el 99.6% reconoce que la desigualdad es estructural, especialmente en términos de género, oportunidades y condiciones económicas. El 98.1% percibe una brecha salarial entre el futbol femenil y el varonil, y apenas el 0.8% considera que las futbolistas cuentan con condiciones laborales dignas. A esto se suma el peso del estereotipo: más del 70% identifica que a las futbolistas se les sigue asociando con etiquetas como «marimachas» o «poco femeninas», mientras que a los hombres se les reconoce como exitosos, fuertes y capaces.

El problema no es únicamente cómo juegan, sino cómo son leídas por los medios, la afición, los directivos y la cultura en general, en un discurso que minimiza el talento, la disciplina y los resultados, o que los interpreta desde los estereotipos y la narrativa dominante.

En nuestro país, la Liga Femenil MX es un buen ejemplo de estas tensiones. Bajo la superficie del crecimiento mediático y la narrativa de impulso al futbol femenil —esa que hoy presume inclusión y celebra su «avance»—, persisten dinámicas que responden más a los acuerdos celebrados entre élites que a las condiciones reales de justicia deportiva.

No es casual: la inclusión también circula como producto. Aparece en versiones «especiales», líneas diferenciadas; se amplía el mercado o escaparate; somos incorporadas al espectáculo, pero no en condiciones equitativas; se nos nombra, pero sin garantías. La inclusión es parte de una estrategia de mercado antes que un cambio estructural. Un «pacto de caballeros» no escrito —o demasiado bien entendido e históricamente reproducido— que protege intereses económicos y reproduce desigualdades desde los espacios de decisión.

Las consecuencias se ven en todo: salarios, contratos, visibilidad, condiciones laborales y también en lo aparentemente más superficial: la ropa, el cuerpo, la imagen.

Hijas de la luna, 2026

El cuerpo como campo de control

A lo largo de la historia de distintos deportes, las mujeres han tenido que disputar incluso lo que pueden o no pueden usar, y en esa disputa nos reconocemos todas. Desde uniformes diseñados para sexualizar más que para competir, hasta la prohibición de prendas que responden a necesidades reales —como las gorras de natación para cabello afro— o el caso de Serena Williams, sancionada por utilizar un traje que priorizaba su salud física. El cuerpo femenino en el deporte no sólo se entrena. Se regula, se vigila, se corrige.

Pero la discriminación no se agota en el género. En los años ochenta del siglo pasado, el futbolista Justin Fashanu fue castigado por su propia existencia. Primero por su entrenador, después por los medios, por sus compañeros, por su familia, por la afición. Cuando hizo pública su homosexualidad, la presión social se volvió insoportable. Terminó en suicidio. Su historia no es una excepción: fue una advertencia.

Actualmente podemos atestiguar que la violencia adopta otras formas, pero no desaparece: la futbolista Scarlett Camberos, entonces jugadora del Club América, fue víctima de acoso digital sistemático por parte de un hombre que la hostigó de manera persistente a través de redes sociales, creando cuentas falsas y difundiendo contenido manipulado para vulnerarla. A pesar de las denuncias, la respuesta institucional fue insuficiente y la situación escaló al punto de poner en riesgo su seguridad. Camberos tuvo que salir del país para poder continuar su carrera en el extranjero; no fue una decisión deportiva, fue una medida de autoprotección. Su caso evidencia cómo el espacio digital también se convierte en un campo de violencia que expulsa, silencia y condiciona la permanencia de las mujeres en el deporte.

Barra feminista

A estas violencias se suman casos recientes en el ámbito formativo: en Guanajuato, un entrenador de futbol femenil fue vinculado a proceso por delitos de abuso sexual y violación tras años de denuncias que señalan un patrón sistemático de agresiones contra jugadoras, muchas de ellas menores de edad, en el contexto de una academia deportiva. Más allá del proceso judicial en curso, el caso pone en evidencia cómo las relaciones de poder, la autoridad técnica y la promesa de desarrollo deportivo pueden convertirse en mecanismos de control y coerción, especialmente cuando no existen condiciones efectivas de protección y acompañamiento para las víctimas.

Como también lo son las denuncias de abuso sistemático en la gimnasia de alto rendimiento en Estados Unidos, donde durante décadas se normalizaron violencias físicas, emocionales y sexuales bajo la lógica del rendimiento. El caso de Larry Nassar —médico del equipo nacional— reveló una red de abusos sexuales cometidos durante años contra cientos de gimnastas, bajo el pretexto de brindar tratamientos médicos. Las denuncias mostraron, además de la violencia ejercida, la complicidad institucional: federaciones, entrenadores y autoridades que supieron y no actuaron. Más que un caso aislado, fue la evidencia de una estructura que decidió mirar hacia otro lado.

Otra arista del problema está en la participación de atletas trans, como Lia Thomas —nadadora universitaria—, ya que hay una serie de dificultades, o negativas de las instituciones deportivas para pensar el deporte más allá de categorías rígidas de género. Aunque el Comité Olímpico Internacional ha actualizado sus lineamientos para evitar la discriminación y plantea que no debe haber exclusión basada únicamente en la identidad de género, en la práctica muchas federaciones mantienen criterios restrictivos que continúan dejando fuera a quienes no encajan en definiciones binarias. El deporte, que presume reglas claras, se vuelve ambiguo y excluyente cuando se trata de cuerpos diversos.

Incluso en los Juegos Olímpicos, escenario que se vende como el punto más alto de la competencia justa, las grietas son visibles: atletas como Dutee Chand (atletismo, velocidad) o Caster Semenya (atletismo, medio fondo) han sido sancionadas, medicadas o expuestas públicamente por no cumplir con parámetros biológicos que responden más a una idea normativa del cuerpo que a la diversidad real de las personas. Recordemos que Alexa Moreno (gimnasia artística) ha sido objeto de burlas y señalamientos por su complexión, como si el rendimiento tuviera una sola forma posible. Aquí, la pregunta deja de ser deportiva: ¿quién decide qué cuerpos son válidos?

 

Hijas de la luna, 2026

El espacio de disputa

El deporte no escapa del mundo: replica sus desigualdades y, al mismo tiempo, las deja al descubierto. Porque cada denuncia y cada acto discriminatorio abren una grieta en la narrativa dominante.

Las desigualdades también se reflejan en el acceso y en la manera en que se valora cada espectáculo: mientras un boleto para un partido de la liga varonil, por ejemplo, para un partido de los Pumas en Ciudad Universitaria, puede ir de los 210 a más de 1,100 pesos, en la liga femenil los precios rondan los 50 pesos. La diferencia no sólo habla de mercado, sino de la forma en que se jerarquiza el deporte, se construye su valor y se define qué merece ser visto, pagado y reconocido.

No basta con «incluir», hace falta transformar. La reducción de la brecha salarial, las condiciones laborales dignas, la visibilidad y la prevención efectiva de la violencia no son concesiones, sino deudas abiertas. Es decir, no basta con jugar, hay que cambiar las reglas del juego.

El deporte, al final, no es nada más un espectáculo o una competencia. Es un campo donde se disputan sentidos, pasiones e identidades.

Y si algo nos muestran estas historias —los datos, los cuerpos sancionados, las trayectorias truncadas— es que la cancha nunca ha sido completamente neutral. Pero también que puede dejar de serlo.

Porque el silencio dejó de ser opción, lo que está en juego no es sólo participar, sino transformar las condiciones mismas del encuentro: abrir espacio, disputar sentidos, sostener nuestra voz y presencia. No es un gesto simbólico, es una exigencia concreta. Y aunque el camino sigue siendo desigual, cada avance confirma que el juego ya empezó a cambiar.

Hijas de la luna, 2026