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MUNDO INMUNDO (ESPACIO, ARTE Y TERRITORIO)

por Pavel Ferrer | Jul 9, 2026 | NÚMERO SEIS, NÚMERO SIETE | 0 Comentarios

Mundo inmundo

Arrancamos con esta sección la cual contendrá proyectos de investigación en arte. Nos interesan posturas con una perspectiva basada en la construcción del diálogo que beneficien la inclusión, el respeto a la diversidad, la participación y la comunidad, abordados desde un sentido crítico.

La experiencia del mundo desvaneciente (Entweltlichung) es la pérdida de la capacidad de habitar un mundo común, sustituido por un aislamiento masificado que Hannah Arendt considera la mayor amenaza para la libertad humana, sin embargo, éste se puede inscribir afectivamente a través del arte, que opera como contrapunto a la pérdida de realidad, permitiendo duelos colectivos, el goce ante la supervivencia y la resistencia activa frente a la «banalidad del mal» y la fragmentación social. En el contexto de la Entweltlichung, implica convertir el «mundo inmundo» en un espacio para la acción común, donde la construcción de diálogo y las prácticas artísticas devuelven la pérdida a través del testimonio afectivo.

Duelo (la experiencia de la pérdida): provoca una desgarradora pérdida de mundo, una «sustracción de una parte constitutiva del sujeto», donde el duelo se vuelve necesario para reconocer la precariedad de la vida. Goce (la resistencia afectiva): la capacidad de iniciar algo nuevo y la acción política, son formas de goce y resistencia que reafirman la libertad humana frente al desastre, transformando la inmundicia del mundo en una nueva obra de la vida activa. Resistencia (pensar en el presente): el arte se convierte en espacio de resistencia, inscribiendo la memoria y la realidad del desvanecimiento en circuitos afectivos que evitan la automatización de la persona.

ARTE, ESPACIO Y TERRITORIO

En este espacio analizaremos la tríada Arte, Espacio y Territorio, revisaremos cómo las prácticas artísticas interactúan con los entornos físico, digital y simbólico para dotarlos de nuevos significados. Es decir, nos interesa ampliar los márgenes conceptuales desde el arte. Mientras que el espacio se entiende a menudo como el área física o compositiva donde se manifiesta la obra, el territorio se expande hacia lo social y cultural, integrando la identidad, la diversidad, la inclusión, el cuidado y las formas de vida en comunidad.

Por ello en esta primera entrega, Larissa y Cesar comparten con nosotres las reflexiones sobre sus prácticas artísticas en relación con el territorio cotidiano, el de todos los días; la forma de lidiar con él, su indignación y su propósito. Nos muestran su voz, su posicionamiento, y sobre todo, su manera de hacer.

Karla Hamilton (Instagram: @karlahamilt0n)
Pavel Ferrer (Instagram: @pavel.ferrer)
————–

Imagen uno: César Carretero, Luz silenciosa, objeto, 2012.

EN LA PENUMBRA SÓLO HAY UN LUGAR A DONDE IR

De forma peligrosa me acerco a lo que coloquialmente le llaman «el cuarto piso», una analogía interesante si pensamos en la construcción de uno mismo como si fuera un edificio o una casa. En ese sentido, la imagen que ilustra el inicio de este texto es parte de una serie de trabajos que realicé a mis veinticuatro años, en un momento que podría nombrar como un intersticio dentro de mi propia autoconstrucción como persona.

Y cada vez que regreso a esta pieza, trato de descifrar el porqué, situarme en quien era cuando elaboré este objeto. Cuando hablo de ella, siempre remarco que me ayuda a separar dos formas de ver el mundo. Divididas por el abismo de la edad y de la experiencia, la ingenuidad de mi yo más joven y una realidad más concisa que se me presenta a los treinta y siete años.

La casa es, entonces, dentro de mi quehacer, un pilar que me ha permitido hablar de mi contexto, de mí mismo. Es un eslabón que, de forma inconsciente, conecta todo lo que he creado durante mi inconstante carrera artística. Pues mi hogar es a donde siempre regreso cuando estoy perdido y, de alguna forma, al regresar, todo vuelve a tener sentido, para bien o para mal.

Remitiéndome a la canción Happy house de Siouxsie and the Banshees 1, ésta es la casa feliz, aquí somos felices, para olvidarnos de nosotros mismos y fingir que todo está bien. Porque, aunque pueda parecer romántico el regreso al hogar y haya un significado profundo en esos viajes, también existe una gran complejidad en ese lugar que habitamos y construimos simbólica y materialmente.

No todo es maravilloso, ni está bien; a veces sólo es un escondite; otras, una jaula. Al admitir esta ambivalencia, se crea un punto de inflexión, en el que la casita blanca de dos aguas se resignifica y genera su primera grieta. En el momento que regreso a mi origen, al Estado de México, abandono la fantasía aspiracional que en su momento la sociedad o yo mismo me impuse, cuando empecé a hacerme preguntas sobre quién era y cómo tendría que ser.

Este regreso me hundió en un estado de hikikomori2 durante un par de años después de terminar la universidad, sin saber qué hacer, rodeado de las paredes de mi propia casa y observando las casas vecinas a través de mi ventana. Este periodo de aislamiento me dio otra perspectiva; mientras, de forma paralela, esta pieza (Imagen 1) se desintegraba lentamente: todas las hojas cayeron hasta quedar solo un cajón y un esqueleto blanco de lo que creía que era una casa, y unos años más tarde terminé destruyendo lo que quedaba.

La desintegración de esa casita en el bosque dio paso al cemento y tabique, lo tangible y pesado, a la imperfección. La destrucción de la casa blanca fue el cimiento de otra cosa, que se fundaba en algo muy simple: reconocer a Ecatepec como mi punto germinal, aceptarme a mí mismo. No sólo como habitante de un lugar específico, sino como alguien que aterrizó en el mundo real.

Imagen 2: César Carretero, Boceto 79C, dibujo, 2023.

Realidad que durante los últimos años se ve reflejada en mis investigaciones, pues he aludido a la incomodidad, a la burla y al estereotipo inherente a ser habitante de la periferia, de Ecatepec específicamente. Claro está, todos son elementos importantes que incidieron en la construcción de mi personalidad y la percepción del territorio. Son formas sobre todo académicas de darle explicación a un sentimiento.

Terminan como un eufemismo que evita hablar de forma más directa sobre el rechazo y la alienación. En mi caso, no sólo por ser ecatepense, también por ser parte de las disidencias sexuales y las violencias que ambas condiciones conllevan. En sí, hablar del hogar, de los regresos, de resquebrajar los rastros de «un antiguo yo» son un escaparate para mostrar mi inconformidad, mi desdén por el estado de las cosas y mi forma de habitar diferentes contextos.

Imagen 3: César Carretero, Boceto 39C, dibujo, 2023.

Porque no me veo representado allá afuera, ni en las múltiples representaciones que me aluden. Y a veces el único lugar que aparece entre la penumbra y me cobija es la luz en mi hogar, es el único lugar al que puedo ir y recorrer, el único que conozco bien. ¿Por qué? De nuevo, regreso a la imagen principal: lo único que buscaba en las noches más oscuras era un refugio, un concepto que ha mutado y no siempre representa un lugar físico.

Además, a falta de una alegoría visual más precisa, la casa familiar, como habitáculo y noción, tiene un gran peso en mi forma de crear, es una extensión de mi cuerpo. Un espacio de ambivalencia, donde se vierten mis angustias y anhelos, pues este lugar/cuerpo que habito es atravesado por la compleja realidad del territorio. Y, al igual que en esta casa familiar, se desgasta y reconstruye.

De la misma forma, mis preceptos sobre el lugar que habito y ocupo espacialmente han pasado por una reconstrucción y reconciliación. Como decía el arquitecto Friedensreich Hundertwasser, la casa es una tercera piel3. Añadiría que, para mí, el territorio que habito es una cuarta capa que forma parte de mi epidermis. Y como en cualquier organismo, esa otra capa es imperfecta. ¿Tendría que ser lo contrario y buscar la perfección? Ahora sé que no.

Imagen 4: César Carretero, Boceto 67A, dibujo, 2023.

Pero es en esa reconciliación con los diferentes estratos de esta piel que habito, que se da el encuentro con las otras corporalidades, que sufren, anhelan y trabajan por modificar esta capa de nuestro ser. Funciona cual espejo, donde veo reflejadas las inconformidades, pero también los procesos de autoconstrucción de una identidad que nos acerque, de las mismas experiencias y necesidades. La necesidad de ser escuchados, vistos; de reconocernos e inventar nuevas realidades.

Dicho esto, la forma que encontré para representar mi vida cotidiana, lo que veo diariamente o aquello que verdaderamente conozco, me llevó a crear dibujos sobre la calle que he habitado toda mi vida. Así, los bocetos que acompañan este texto (Imágenes 2, 3, 4) son un ejercicio de autoconocimiento y reconocimiento. En la observación detallada de aquello que me rodea he encontrado detalles e historias contenidas en esas casas, recuerdos de quienes las habitan o habitaron y de mi relación con este espacio urbano.

No sé si el arte es la respuesta, ya que, como estos bocetos, visualizo cada intento y movilización que realizamos en colectivo como una cimentación profunda en el suelo, un intento de arraigar o enraizarnos. Veo nuestras prácticas y nuestras creaciones; asumidos ya como artistas de los márgenes, como un gran boceto, una previsualización o incluso como bomba de tiempo que, lenta pero constante, se encamina a dinamitar las paredes que nos restringen.

Creo, pues, que en este viaje a través de las distintas capas y estratos, se configura no sólo mi práctica individual. Hay un camino en común con lxs otrxs. Claro, cada cual con sus propias bifurcaciones. Pero en esos entrecruces de caminos se desvelan los deseos en común, el intento de edificar puentes, en los que estas constantes analogías que hago a la arquitectura tienen un sentido: dar un valor significativo a lo que se construye con las propias manos, desde cero, lo que se cae y se vuelve a construir o que, en otros casos, añade más pisos y complejiza las estructuras.

Así concibo mi práctica individual o en colectivo, como una gran masa de hogares que se entretejen. Pienso en la ola de concreto que baja desde los cerros y se enclava en lo que alguna vez fue un lago como una necesidad materializada en edificaciones, la que suple los huecos y ausencias institucionales. Reforma la mirada y construye donde en apariencia no hay nada, pero es un todo, un cuerpo, una piel y un hogar para quienes habitamos aquí. Pues entre la penumbra este imperfecto hogar es el único lugar al que podemos ir.

César Carretero
En el borde de la ciudad, el territorio es memoria. Exploro mi hogar como herida abierta y refugio en constante transformación. Ecatepec no sólo es un paisaje, es pulsión, resistencia e identidad que se desplazan y se rehacen. Instagram: @cbcccbccb
—————–

1 Siouxsie and the banshees, «Happy House», Polydor, 1980, disco compacto.
2 Aquellos que se retiran completamente de la sociedad y permanecen en sus propias casas durante un periodo mayor a 6 meses, con un inicio en la última mitad de los 20 años y para quienes esta condición no se explica mejor por otro transtorno psiquiátrico. Mario de la Calle Real y María José Muñoz Algar, «Hikikomori: el síndrome del aislamiento social juvenil», Rev. Asoc. Esp. Neuropsiq. 38 (2018): 115 – 129, doi: 10.4321/S0211-57352018000100006,
3 «La tercera piel de Hunderwasser: El hogar», JSM Barcelona, acceso el 29 de enero de 2026: https://www.jsmbarcelona.com/post/2017/09/25/la-tercera-piel-de-hunderwasser-el-hogar.

Imagen primera: Larissa Alcántara, Yo ladro, imagen digital, 2025.

YO LADRO, YO GRITO, YO CANTO

LADRIDO

Imagen primera:
Antes del lenguaje éramos gruñidos. Pequeñas pulsaciones se levantaban desde nuestras bocas hasta alcanzar la rabia de un ladrido.

Ladrar viene del latín latrare, que refiere al sonido de un perro. También es una metáfora común cuando hablamos de enojo, de reclamo o de advertencia, mientras que latir viene del latín glattire y significaba dar latidos, que se refería a ladridos entrecortados o sonidos más asociados a un cachorro; también es la imagen de la vida, de lo que nos mueve.

Hay una pintura muy famosa de Rufino Tamayo llamada Animales (1941), donde vemos a dos perros mostrando los dientes. Se aprecia que ladran con fuerza, gruñen y ahuyentan a quien se aproxima; defienden su tierra o su alimento: están listos para atacar. Actualmente, de manera popular, latir se entiende como el sonido que hace o viene del corazón. Lozano-Hemmer lo aborda en Sala de pulso (2015), una instalación artística en la que los visitantes ponen sus manos en un sensor que detecta el ritmo de su corazón y lo traduce en palpitaciones de luz a través de una bombilla instalada en el techo, la cual se une a otras 299 bombillas que palpitan al ritmo de otros, haciendo que toda una sala se apague y se ilumine al ritmo de muchos corazones. Entonces, tenemos, por un lado, ladrar, gruñir, defender, alertar, mostrar los dientes; por el otro, latir, vibrar, pulso, frecuencia, corazón. Pero en otra época, ladrar y latir eran sinónimos; fue con el tiempo que latir se volvió el verbo popular para referirse al sonido que viene del corazón. Ser de Ecatepec puede sentirse así, como un doble significado o una contradicción: ladrar viene del origen o del pasado, de las formas rabiosas de defendernos, de mostrar los dientes frente a las injusticias, como los perros en la pintura de Tamayo, de gruñir por desacuerdo o ante el cansancio, el dolor y el hartazgo; mientras que latir es sobre el presente: habla de nuestra forma de hacer, de resonar con el pulso de otros e iluminar una a una las bombillas como en la instalación de Hemmer, buscando la sincronía.

Muchos hemos aprendido a defender nuestro territorio mostrando los dientes, pero también somos conscientes de las limitaciones del impulso de ladrar, de hacer desde la rabia. ¿Ladrar y latir pueden volver a unirse para significar lo mismo? Fuerza, firmeza, comunidad, llamado, alerta, defensa, frecuencia, sintonía. Considero que hay que atravesar el aullido; es decir, lo visceral, la defensa, para ver lo que el grito ofrece. Comprender que aullar viene de la falta de lenguaje, no por escasez, no por no tener el vocabulario para enunciarnos, sino por insuficiencia; es decir, que las palabras no alcanzan a comunicar lo verdaderamente rabioso y poético de nuestra indignación, lo que llevamos dentro. Ladrar es la forma instintiva de defendernos; también nos permite escuchar otros ladridos, reconocernos, pero cuando buscamos organizarnos se necesita acudir a algo más, se necesita el grito.

Imagen segunda: Larissa Alcántara, Yo grito, imagen digital, 2025.

GRITO

Imagen segunda:
Un sonido asciende desde el estómago, agitado por la rabia empuja hacia el pecho,
rebota hasta la garganta para llegar a la boca donde toma su dulce dulce sabor y sale con justa impaciencia.

Muchas veces me encontré con el cuerpo entumecido, la cara caliente y el pecho hinchado, sosteniendo un sonido proveniente del estómago. Ira, frustración, cansancio e injusticia se acumulan ahí. Habitar en Ecatepec representa atravesar esta sensación constantemente, cuando buscar un empleo digno cerca de casa es irreal, cuando la movilidad cuesta un tercio del salario mínimo y una sexta parte del día; al crecer en el municipio comúnmente nombrado como el peor lugar para vivir, por su calidad de servicios públicos e inseguridad; hogar de más de un millón y medio de habitantes. Estos y más datos inundan las noticias, los periódicos, las redes sociales, como si se necesitara más publicidad ante el prejuicio que ya existe sobre mi hogar. Vivir aquí es sortear el fastidio, el miedo y la incertidumbre, es acumular presión en el pecho. Somos personas indignadas; confrontamos el vivir cotidiano con el cuerpo, lo ponemos, hasta que la presión comienza a buscar salida. Entonces sube hacia la garganta y se vuelve sonido. Transitamos de la rabia y lo visceral del aullido al grito, desde la denuncia, la disputa y la búsqueda de narrativas que reivindiquen nuestras experiencias, el rechazo al estigma, a la romantización de un territorio, a la explotación estética de identidades culturales. Cuando aparece la indignación y convierte el ladrido en algo más organizativo, como el grito, es muchas veces escandaloso, cargado de furia, y podemos verlo en los últimos años en protestas, cierre de carreteras, vidrios rotos, pintas en monumentos. Por eso gritamos, para organizarnos, para articular y exteriorizar nuestra experiencia, para poner en el imaginario representaciones dignas de nuestras vivencias. ocupar espacios donde nuestra voz sea escuchada. También entiendo que nos podamos sentir agotados por las implicaciones que esta indignación tiene en nuestra cotidianidad: retrasos en nuestros traslados, descuentos en nuestro salario, más agotamiento en general. Porque gritar requiere esfuerzo, organización, fuerza y constancia, pero pregunto: ¿la indignación es sólo eso? ¿La organización de la rabia sólo puede ser grito? Invito a imaginar formas para que el grito salga, no necesariamente para ensordecer, sino para producir en otros lo que aquel que grita siente; es decir, encontrar formas de alzar la voz sin desgarrarnos.

Imagen tercera: Larissa Alcántara, Yo canto, imagen digital, 2025.

CANTO

Imagen tercera:
Bienaventurados los que ladran porque de ellos será la tierra insurrecta.
Bienaventurados los que gritan, pues ellos son la dignidad encarnada.
Bienaventurados aquellos que hoy cantan, pues de ellos será el gozoso mañana.

El grito de una persona puede ser ignorado, el grito de dos difícilmente pasa desapercibido, pero más de tres gritando al unisono… cantan, y el canto es gozo.

¿Cómo se pasa del grito al canto? Para contestar, regreso a la indignación y su dimensión creativa, presente en la producción artística de muchos. Yo me recuerdo en diversos momentos experimentado enojo e ideando «soluciones» ingeniosas, poéticas o absurdas, no para realmente registrar una patente o llenar un pliego petitorio, sino para apaciguar la frustración, para reír un rato y transformar la rabia a través del hacer. ¿Hacer qué? Arte. No quiero decir que la indignación es inspiración pura y que nos salva de las injusticias del mundo, que gracias a todo lo que está mal en nuestro municipio existimos personas creativas. No se puede reducir las condiciones a una estética o una bandera, incluso de una condición o de un territorio. Existe un deseo genuino y constante de que las condiciones materiales, sociales y espirituales mejoren, que toda esta desigualdad deje de afectar nuestra cotidianidad, pero en lugar de imaginar que no existe esperanza o quedar inmovilizada, quiero resaltar su uso para la creación. Transitar del sentimiento de indignación a la acción creativa.

Pienso en la primera vez que fui a un fandango: de un momento a otro y naturalmente, como si fuese un acto ensayado, las jaranas y los requintos sonaron al unísono; después un cantor tiró versos y otras voces le siguieron; todo sucedía alrededor de una tarima de madera que comenzó a sonar a la par de los músicos y que generaba las percusiones en un acto orquestal natural y coordinado. Hubo mucha risa, mucha improvisación y, supongo, errores. Cada asistente participaba (desde las cuerdas, el zapateado o el canto), salía y volvía a entrar sin pena o miedo. Fue orgánico, impreciso y festivo. Me gustó mucho y me resonó su manera de organización y participación para colectivizar emociones y manifestar injusticias a través de la fiesta; entonces, traté de imaginar cómo sería un fandango artístico, una fiesta de artistas, cantando, bailando y gozando juntos. Por ejemplo, en un fandango existen voces individuales que se unen y crean una armonía colectiva. De esta misma forma, los artistas, desde sus prácticas, sus condiciones y su producción se pueden unir y se han unido para sumar esfuerzos, pero también están quienes bailan y añaden las percusiones, brindando sonido, baile, alegría. Así sucede en el arte: la suma de la creación individual a un esfuerzo colectivo puede resultar gozosa y potente, además de que permite el reconocimiento a la diversidad de medios, oficios, técnicas y temas en un territorio. Los cantores o versadores en un fandango entran y salen en diferentes momentos de la canción, como en una colaboración artística, y aportan con ideas, propuestas e iniciativas en los momentos en que es posible, para luego retirarse para participar en otros intereses, proyectos o cantos, creando un entretejido o un diálogo constante que nutre reflexiones.

Propongo el término fandango artístico para hablar del hacer colaborativo o colectivo entre artistas; crear y gozar juntos, como en un fandango, resaltando la importancia de la potencia gozosa, además de las implicaciones que posee para contrarrestar lecturas erróneas, estigmatizantes o románticas sobre nuestro territorio.

En Ecatepec, muchos hemos ocupado nuestra voz para contrarrestar el silencio, atravesando el umbral del aullido para articularlo y volverlo canto. He presenciado alaridos que eran solos, que fueron grito, que incomodaban; los he escuchado volverse canto y, en consecuencia, fiesta y gozo, al hacerlo al unísono, al ritmo, bailando, al insistir a través de la constancia, al salir e iniciar o sumarse a un fandango para gritar juntos en busca de la dignidad.

Las oportunidades que he tenido de crear a través del fandango me han llevado al disfrute, por eso abro la invitación a imaginar alternativas más allá del individualismo, del silencio, la fragmentación o a la competencia, donde nos podamos acompañar desde el goce, haciendo segunda voz en nuestros sentires.

¡El fandango artístico frente al mutismo solitario!

Larissa Alcántara
Hacer arte viene de la insuficiencia de palabras. Crear mundo a través de las imágenes es una forma de compartirme, pero también de estar abierta al mundo de otros. Es el resultado de saberme con opciones, de hacer oír mi voz, que sabe ladrar, pero también cantar. Instagram: @larissadeltiempo

Hay veces que el arte es más que las imágenes. Me refiero a cuando compartes con un otro u otros iguales a ti, con sus complejidades, sí, pero con la misma voluntad de acción. En esos casos hay un lenguaje común donde el intercambio trae resonancia, amplitud y, principalmente, disfrute. La apuesta de crear con otros va en ese sentido, el apoyo mutuo, para hacer del arte no sólo una simbolización del mundo interior, sino establecer acciones y afectos en el espacio material para confrontar la soledad, la fragmentación o la competencia, para sostener nuestras propias narrativas frente a ese otro que romantiza o estigmatiza nuestras vidas.

Es entonces cuando algo poderoso sucede y sólo se hace evidente cuando estamos juntos, que se descubre en los momentos de confluencia y cruce. Una fuerza simbólica que, al unísono, busca romper, cuestionar, volver a nombrar y rearmar las narrativas negativas que se han construido sobre nosotros. Pero, sobre todo, hay una energía o sinergia que emana al compartir nuestras experiencias, vivencias o anécdotas. Ya sea en forma de arte o sólo en charlas casuales, encontrarse con quienes entienden y experimentan el mismo espacio habitado se vuelve algo significativo. En el acto de encontrarnos existe una fuerza que puede cambiar y dinamitar todo.

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